Al ver a mi hijo junto a mí, con el rastro del llanto en sus ojos por su dolor, tuve que aceptar la triste realidad: mi esposo había partido de este mundo. Él ocupó el lugar de padre para mis hijos. Al llegar a Mar del Plata, a pocos pasos se encontraban mi amiga-hermana, su hija y su nieto. Todos ellos me acompañaron. Allí estaba nuestro piso. El motivo de nuestro viaje fue dispersar sus cenizas para cumplir con su última voluntad. Qué terribles estas palabras, pero era la realidad. Siento correr un frío interno que me destruye. No creo que conozca a otra persona, tan especial en todo su ser, en varias oportunidades me pedía: qué sus cenizas fueran dispersas en donde fuimos felices.
—Lo haré, mi amor, si así lo deseas. Pero no hablemos de morir, ¡sí de vivir!
—Solía decirme: Quiero que recuerdes que siempre estaré contigo. No olvides como y cuanto te amé. Sé cómo eres, verás mis señales.
Como un zarpazo inesperado y desgarrador, llegó ese día fatídico que nunca olvidaré…
Nos esperaban su única hermana, sus sobrinos y amigos. Uno de ellos con mi hijo recorrieron y eligieron el lugar; que por casualidad, ese era el que deseaba José.
El mar estaba embravecido, sus altas olas que llegaban a la costa no me permitieron bajar al lugar. Me dejaron sentada en el murallón, porque mis piernas, se me aflojaron; no las sentía. Me sentía aturdida perdida ¿Cómo no voy a estar a su lado? Con desesperación alcé mí voz llamando la atención de mi hijo; se acercó, muy preocupado por saber qué me ocurría. A pesar de los nervios que apenas me permitían articular palabras, le rogué:
—Quiero, debo, deseo estar a su lado, nos lo prometimos…, Intervino un familiar, que logró convencerlo, me bajaron entre los dos.
No sé quién puso en mis manos unas flores; las arrojé donde ya estaban una parte de sus cenizas. Mi estado era deplorable; me sentaron en una roca a unos metros de donde terminaban con el rito. Comprendí en ese preciso momento que era el fin, sentí impotencia al aceptar que ya no estaría conmigo, Tomé mi cabeza con ambas manos, rogando poder llorar, algo que nunca puedo hacer en los momentos de más dolor. No pude mencionar su nombre, ¡solo una plegaría! Ya no podía sostener más las flores ni sus cenizas por más tiempo. Y, soltándolas las dejé caer, entregándome al dolor.
Al bajar los ojos vi algo en la arena; sin poderlo creer, volví a mirar. Allí se encontraba un corazón, y ¡latía! Tal fue mi impresión que debí haber gritado, no lo recuerdo; reaccioné a las preguntas de todos, que ya estaban a mi alrededor preocupados. No podía articular palabra por la gran impresión recibida. Señalé hacia donde estaba o creí ver el corazón, y todos lo vieron; es más, le tomaron fotos. Se dedujo que se modeló en esa forma por el desgaste de las rocas, y un poco de agua, arrojada por las olas dentro de aquello, producía el movimiento que, para mí, ¡palpitaba!
Mis días han sido muy tristes sin tener su presencia ni su amor. Pero me dejó tantos recuerdos, vivencias y enseñanzas, que me doy cuenta de que no se fue del todo de mi vida.
En mi recuerdo siempre llevo esa idea. Lo sé, estoy más que segura:
¡ESE CORAZÓN EN LA PLAYA FUE SU DESPEDIDA!
En distintas oportunidades he recibido señales increíbles, confirmando su promesa: ¡Permaneceré a tu lado siempre!
Y, es así… ¡Es mi ángel!

