Estaba participando en el campeonato mundial de esquí. Sintiéndome muy feliz, había logrado mi tan soñada meta. Me sentía totalmente realizada por mi dedicación y voluntad. Iba en primera posición. Pero ¿qué empezó a ocurrir de repente? Solo recuerdo la sensación de que me iba cayendo. Fue terrible, nunca dejaba de caer; esperaba el dolor del golpe final. No puedo precisar si pasaron minutos u horas. Como tampoco de qué forma puedo salir del pozo en donde había caído.
¡¿Quién me había ayudado?!
En un momento determinado me di cuenta de que iba por la nieve, creo, en un carro guiado por una persona mayor y arrastrada por caballos negros, muy vigorosos.
La luz ya no hería mis pupilas, como al empezar la carrera, y al buscar aquella era ya sólo un punto. A pesar de mis esfuerzos por retenerla, me parecía que escapaba; y sí que se apagaba, muy a lo lejos.
Mas me preguntaba: ¿Por qué me llevaban así? ¿Cómo me subieron?
Surgían en mi mente muchas preguntas más que no obtenían respuesta alguna… lo cual me atormentaba y desorientaba, llevándome a la desesperación.
Jamás había vivido momentos como aquellos. Veía como si la Tierra se hubiera salido de su órbita. Y cada vez nos alejamos más y más del Sol; pero su tamaño y resplandor ya no eran tan esplendorosos como cuando empezamos la competición.
De aquel momento recuerdo que solo pensé que estaba en este estado porque mi vida se apagaba a cada segundo.
Dios, ¿qué me estaba pasando? Reiteradas veces intenté despertar, sin embargo mi helado cuerpo no respondió.
No había dudas, estaba sin vida. Pero lo tuve que aceptar, ya no me quedaba otra posibilidad ante tan cruel realidad. Al menos no estaba sola; quien me llevaba en un carro era un piadoso hombre que cuidaba mi cadáver.
¡Cómo me hubiese gustado, por lo menos, saber su nombre...!

