Dama de RojoEDITH AGUIRRE
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Relato · Edith Aguirre

SU MOMENTO

Un corazón rojo sobre una carta de papel envejecido
Ylanite Koppens / Pexels
Lectura a tu medida

Desde muy jóvenes existió entre Francisco y Adriana una estrecha amistad. Con el transcurso de los años sus caminos se separaron, y pasó mucho tiempo sin verse, sin saber el uno del otro.

Una noche se encontraron en un evento. A ella le llamó la atención su cabello grisáceo, su figura delgada pero como siempre muy elegante, su caminar firme aunque lento, ¡quizás por los años! Sintió una sensación extraña, cuando él la miró tan fijamente como siempre, con aquella forma tan suya.

Volvió entonces a su grupo de amistades, con los que se reunía asiduamente; a partir de allí se encontraron en distintas oportunidades en comidas, cenas, festejos… siempre terminaban juntos, conversando de distintos temas.

Una mañana la llamó por teléfono para invitarla a cenar; aceptó encantada, porque le agradaba su compañía. Ella sentía algo, cuando estaba con él. No sabía qué era. Durante la comida le contó que, al poco tiempo de irse de la ciudad, se casó, aunque no enamorado. La unión fue un fracaso y al poco tiempo se separaron. Ella le fue infiel. No hubo retoños. Adriana también le contó de su vida, su esposo había fallecido hacía ocho años; sí fue muy feliz, pero tampoco tuvo hijos. Al terminar la cena la invitó a ir a otro lugar. Eligió un sitio muy agradable, con buena música.

Primero le preguntó si le agradaba el lugar, si no, se irían a otro. Ella contestó que estaba muy bien. Luego, mientras bebían un refresco, él tomó su mano, le pidió bailar. Hacía años que ya no bailaba, lo que tuvo intención de comentarle; no supo por qué se calló, comentárselo; le contestó que sí. Ya sin soltarla, fueron al centro de la pista. Al sentir su brazo rodeando su cuerpo, con su mano cogida a la de ella, casi oprimiéndola, ¡se olvidó de todo! Se sintió envuelta en la fragancia de su suave perfume, el mismo que usaba siempre; una vez más se sorprendió al comprobar que lo recordaba.

La mente de Adriana se trasladó, no sabría decir dónde; se sentía liviana mientras entraba en un estado de quietud tan especial que acabó perdiendo la noción de no saber dónde se encontraba, sin lugar a dudas, sí sabiendo que estaba con él. Solo notaba el suave temblor de sus manos como su agitada respiración. Percibió dentro de ella el instinto de mujer enamorada.

Bailaron poco. Recuerda que le pidió retirarse de aquel lugar, eso la turbó; creyó que se había molestado por el mutuo acercamiento; sin decir nada accedió. Abandonaron el establecimiento, ya afuera él murmuró: Caminemos, por favor. Necesito hablar contigo.

Sus pasos les llevaron hacia el Paseo Marítimo. Sin querer, Adriana tuvo un pequeño traspiés; él la sostuvo en sus brazos para que no cayera; entonces la apretó con delicadeza contra su cuerpo y, con aquella voz que ella rememoraba tan bien, le susurró al oído:

̶ Tengo el deseo de hablar contigo, ¡de decirte todo lo que callé durante tantos años! ̶ Retirándola hacia atrás, la miró a los ojos y prosiguió con un ruego ̶ .Por favor, no me interrumpas, solo escucha; luego me contestarás lo que desees.
Adriana asintió con un suave movimiento de cabeza.

̶ Me gustaste desde el primer día que te vi en donde trabajabas. Le pedí a Rogelio que nos presentara, ¿recuerdas? Pasado el tiempo, noté que tus sentimientos eran solo de amistad hacia mí, aunque en mí no ocurría lo mismo.

Siempre pensaba declararme. Cuando un día me contaste que habías conocido a una persona. Te gustaba mucho; al poco tiempo me lo confirmaste: eras su novia. Entonces me alejé de ti. Viví días interminables, sufriendo por no haberte confesado mi amor. Al no poder aceptar verte con ese alguien, decidí irme lejos para no saber nada de tu vida.

Sí, me casé ̶ prosiguió ̶ sinceramente no por amor. ¡Nunca te olvidé! Siempre te llevé en mi recuerdo, en mi corazón. He regresado porque me comentaron que estabas sola, y hoy, en este momento, te tengo en mis brazos como tantas veces soñé.

Sus labios se posaron en los de ella, que se entregó tras percibir un extraño deleite en su interior. Desde esa noche no se separaron nunca; fueron muy felices.

Hoy, de nuevo, Adriana se encuentra sola; Francisco partió de este mundo. Muy pocos años estuvieron juntos, pero fueron inolvidables.

A veces se pregunta: ¿Por qué tan poco tiempo?

¡También da gracias por su encuentro! por amarlo como lo amó y por haber recibió tanta ternura de su parte!

Al pasar el tiempo ha comprendido… «Su momento» fue ese, el que vivieron…

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