Dama de RojoEDITH AGUIRRE
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Escrito · Edith Aguirre

DESNUDA POR EL MUNDO

Flores silvestres iluminadas por el atardecer
Harsha 96 / Pexels
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Desde pequeña, Sarah  fue muy bonita, agradable y dulce.  A los 19 años se enamoró de un educador con quien mantuvo relaciones íntimas, luego de  algunos encuentros más, la ignoró a tal extremo que si se cruzaban era cómo que no la conociera .Finalmente le confesó que era casado, que se olvidara de él. Jamás pudo olvidar esa amarga experiencia. Desde ese momento sintió rabia por haber sido tan ingenua. Se prometió, debido a su triste vivencia, que nunca se enamoraría; aunque sí aceptaría tener amigos íntimos.

Se sentía mal, y por esas cosas de la vida, su dolor se acrecentó. Al poco tiempo en un accidente de tránsito, perdió a sus padres y a su abuelo Nico, que la adoraba. Ellos eran sus únicos familiares. Tras la tragedia quedó  sola y en  una crítica situación económica. Pero reaccionó. Tenía que hacerlo. Luego de unos meses, reorganizó su vida. Consiguió trabajo y aunque no era muy rentable, con él logró seguir estudiando, y con esfuerzos pudo finalizar su carrera.

Transcurrieron los años; le presentaron  un hombre, un militar,  muy conocido por su alto cargo y su posición económica. Pasó poco tiempo, llegó ser su   amante,  no lo amaba. Gracias a él disfrutó de  todos los lujos que podría  soñar una mujer, y por ambicionar más poder se convirtió en una cortesana fina, con derecho a roce, que atendía a quienes la solicitaban. Los recibía en su elegante apartamento.

Cuando conoció  a Mauro fue distinto. En su primera cita bailaron hasta altas horas de la madrugada. Sus conversaciones eran muy divertidas. Al retirarse, él le pidió  verla nuevamente. Lo acompañó cuando se  retiraba, y al despedirse solo le comentó: “ha sido una inesperada velada”.  Cerró la puerta del piso tras él y sintió una gran  alegría  porque ni le insinúo  quedarse a  pasar la noche con ella; ni siquiera la besó; eso le encantó. Recordó  que solo sabía su nombre y había venido  para visitar a su familia.

La despertó el timbre del teléfono. Se emocionó cuando escuchó su voz diciéndoleque sus padresla invitaban, en la noche para la reunión qué celebrarían su regreso, y querían  conocerla. Se esmeró en su vestimenta y maquillaje,  como si fuese la primera vez que tenía una cita con un hombre. Él llegó para recogerla con suma puntualidad, lo que a ella le agradó. Al verlo no supo explicarse a sí misma lo que sintió,  mas cuando escuchó  que le decía: “¡Erespreciosa!”,  y sentir que le besaba  suavemente el rostro. Mauro  tomó la mano de su elegante invitada y salieron rumbo a la fiesta.

Estaban bajando del coche, cuando por delante de ellos se cruzó una pareja. El hombre quiso ocultarse; pero ella se dio cuenta que era uno de sus  amigos o clientes. No supo qué hacer para no entrar en la casa. En ese momento ante sus ojos revivió la vida que llevaba, y avergonzada sintió deseos de morir.  Armándose de valor y guiada por él, entraron   al salón. Todos los hombres y mujeres la observaban, era una mujer bellísima, distinguida. La mayoría de los caballeros  que se encontraban tenían o tuvieron relación con ella. Su intención fue abandonar el lugar, pero él no se lo permitió;  tomándola por  los hombros le murmuró  que no estaba sola. Lo peor ocurrió  cuando estuvo  frente al padre  de él, quién era el dueño de la casa y su “principal amigo”. El hombre disimuló  y no dijo conocerla; pero no así su esposa que sabía muy bien quién  era “ella”.

La madre apartó a su hijo   llevándolo a un costado.  Sarah supuso que le contaba su terrible verdad. Estaba sola, sentía la mirada de todos e imaginaba  sus comentarios. Cuando él llegó a su lado, la abrazó y  le dijo:

—Vamos, querida, no es lugar para nosotros.

Ya instalados en el coche, con sus mejillas cubiertas de lágrimas; quiso confesarle toda su bochornosa verdad; le imploró  que se quedará con sus padres, que se iría sola; en ese instante se dio  cuenta de que no podría ir a ningún sitio, porque se sentiría ¡desnuda por el mundo...!

 Ante esta situación, su acompañante le aseguró  ¡que para él era su amada! y nada le interesaba ni le importaba.  ¡Solo ella! A partir de ese instante, no se separaron nunca; felices,  recorrieron  muchos países.   

Lamentablemente, siempre se cruzaban con alguien, de sus amigos o clientes de  su vida en la ciudad donde vivía.

Una  mañana se encontraban a la espera de que les sirvieran el desayuno cuando se les acercó uno de ellos; quien levantó su voz y se dirigió a él, le preguntaba si no sabía qué clase de mujer era la  que estaba su lado. Les daba la razón a sus padres que no querían  saber, nada  más de él,  que lo había perdido todo por una  vulgar mujerzuela.

Poniéndose Mauro de pie se enfrentó al  individuo. Ella, avergonzada y  sin saber qué actitud tomar, salió corriendo del salón. No lograba saber por dónde iba. Llegó al hotel en el cual  se  hospedaban,   subió a la terraza... y se arrojó al fondo del borrascoso mar.

Mauro la sacó en brazos hasta la orilla. Abrazándola, besaba su rostro, arreglaba su cabellera. Su voz entrecortada por su angustia, solo repetía:  “¡Tú naciste el, día qué te conocí y desde ese instante te amé por y para siempre…!”

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