Mi decisión en ese momento fue dirigirme a los policías y hablar con ellos para explicarles lo que me ocurría. Sin pensarlo más, me paré y di la vuelta. Ellos ya estaban a pocos metros de mí, o sea, que ya venían detrás. Lo único que me dije fue: «¡Uuuff! ¿Qué estoy haciendo? Soy una estúpida». Y pensé en el consejo de uno de mis amigos que viajaba mucho: «Tienes que ser natural, porque todo el personal del aeropuerto está pendiente de nuestros movimientos y actos. Y, bueno… a afrontar la situación».
Respiré profundamente y me dirigí hacia ellos, diciéndoles:
—Por favor, señores, tengo un problema y necesito…
Sin permitirme decir nada más, uno de ellos respondió:
—¡Sí!, lo tiene, pero con nosotros. Por favor, acompáñenos; no tenga ninguna actitud insegura, disimule.
Al caminar, nos encontramos con otras dos personas; ellos tomaron mi equipaje, y marchamos los cinco.
¡Qué momento, Dios mío! No sabía qué me iba a pasar. Tuve una sensación que andaba por el aire. Tenía la boca seca. Siempre me ocurre eso cuando no puedo dominar los nervios. Me avergonzaba por mi actitud tan tonta e infantil. Al mismo tiempo, pensaba en José y en qué diría al saber lo ocurrido.
Me llevaron a una oficina y allí me esperaba un señor muy alto; estaba de pie. Tal vez lo vi así de alto por el terror que sentía.
El hombre tenía cara de pocos amigos. Mis nervios estaban en tal estado, que solo se me ocurrió darle la mano; él me miró sorprendido. Me pidió que tomase asiento y empezó a interrogarme. Al contestarle, noté que mi voz temblaba. Sentía mucha incertidumbre y miedo. ¿Me deportarían? ¡No, por favor!
—¿Es su primer viaje? —me preguntó con una voz fría—. ¿A qué viene al país?
Asustada, le respondí:
—A conocer a un español con el que hicimos amistad por Internet, y… —Le conté todo.
Solo me miraba y no decía nada. Cuando terminé mi relato, se adelantó sobre el escritorio para acercarse más hacia mí y me dijo:
—Pero ¿cómo una mujer adulta como usted se anima a venir a otro país para conocer a un hombre?
Apurada, le contesté:
—Lo que me dio valor fue el coaseguro que…
Entonces me interrumpió:
—¿Cómo dice? ¿Tiene un seguro?
Le expliqué todo mientras buscaba en mis papeles. Al encontrarlo, se lo di, y mientras él lo leía, yo lo observaba. Pude ver cómo su cara de ogro cambiaba poco a poco de expresión. Como también noté que mis piernas ya estaban más firmes. Dejó el escrito sobre la mesa y me preguntó si tenía el teléfono del hombre; le contesté que sí y le pasé el número. Le ordenó a uno de sus hombres que llamara a ese número. Todo sucedió en pocos minutos. El auxiliar que había salido para hacer la llamada regresó e informó:
—Está todo en orden; es más, hablé personalmente con el señor José Franco, ese es su nombre, y me confirmó lo que la señora había declarado. También me dijo que estaba dispuesto a presentarse ante quien fuese para aportar cualquier otro dato necesario.
A lo que el jefe le respondió que la presencia del señor no era necesaria. Respiró profundamente y, mirándome, me dijo:
—Ya puede salir para encontrarse con su amigo, él la está esperando.
Me tranquilicé al escuchar que ya no decía «el hombre».
—El oficial irá detrás de usted —continuó—. Si no quiere quedarse con él, por el motivo que fuese, levante su mano derecha, y mi asistente la traerá de nuevo por aquí. Será hospedada en un hotel y mañana regresará a su país.
—¡Perfecto! —le contesté—. Gracias.
Me entregaron todos mis documentos y el equipaje. Las últimas palabras del oficial fueron:
—Bien, ya puede retirarse.
Me despidió con una mueca en los labios que parecía una sonrisa. Al estrechar su mano pensé que se estaba riendo de mí. Me lo merecía.
Cuando me encontré frente a José, a pesar de mis nervios, pude ver que en realidad era mucho más guapo que en la foto, que no le favorecía. Era de estatura mediana, algo más alto que yo. Para resumir, su apariencia era muy agradable; lo que más me gustó fue su sonrisa y su alegría, aunque también noté su alteración. Al encontrarme con él me sentí muy bien, más por lo que decía:
—¡Por fin, muñeca, por fin te tengo en mis brazos!
Me besaba las manos, el rostro. Salimos abrazados como dos adolescentes. Tomamos un taxi y nos dirigimos al hotel.
