Pasamos siete días maravillosos en la playa de Guardamar. Y después José quiso enseñarme otros lugares, y viajamos mucho. Hoy por hoy puedo decir que en aquel tiempo conocí un ochenta por ciento del territorio de España, y hasta el último rinconcito que visitamos era hermoso. También salimos al extranjero y pude ver otros países, aunque me quedaron asignaturas pendientes. Estuvimos en Francia, pero no llegamos a visitar París, la ciudad del amor, romántica por excelencia. En la bella Italia, que recorrimos casi completa, por el problema surgido con unos clientes no pudimos visitar Roma, la ciudad del Vaticano. Portugal solo lo recorrimos.
Después de los tres meses de viajes, regresamos a Guardamar, donde decidimos afincarnos. José debía continuar con sus trayectos comerciales y me animé a acompañarlo. Los hacía en el Camper, su casa rodante. Yo tenía ganas de probar cómo sería vivir de aquel modo y también quería ayudarle en sus contactos con los clientes. Tomamos la decisión de incorporarme al trabajo, pero primero debería tomar una especie de clases, en las que José me explicaría su sistema de ventas. Puedo decir que aquel viaje provechoso, con muchísimos pedidos hechos, fue mi bautizo. Por otra parte, me daba mucha seguridad el ver lo bien que recibían los compradores a mi compañero. Recuerdo que él me dijo un día:
—En estas ventas ganaremos lo que tú cobrarías en todo un año en tu empleo.
Y en cuanto a vivir sobre las ruedas, me sentía muy cómoda; me agradaba aquella vida en movimiento. Había sido algo inexplorado para mí anteriormente, por eso me sentía muy satisfecha por tener aquella experiencia nueva. Y sobre todo me encantó la grata compañía de José.
