Corría el año 2001. Habían pasado varios meses desde el regreso de nuestro viaje a Mendoza. Una noche, al acostarnos, José me dijo que al día siguiente iba a venir su suministrador de Italia. Tenía que ir al aeropuerto a esperarlo y me invitó a acompañarlo. Acepté su invitación, pues íbamos juntos a todos lados, él nunca me dejaba sola.
Como era nuestra costumbre, llegamos una hora antes del aterrizaje del avión, mas pasamos todo el tiempo conversando, por eso la espera no nos resultó aburrida. Siempre teníamos temas para charlar. José me comentó que le asombraba el hecho de que Andrés no nos hubiese llamado durante tres días, cosa muy extraña, pues solía llamarnos diariamente. Lo tranquilice diciéndole que ya sabíamos que Andrés siempre estaba atareado con el arreglo de motos, que ya nos llamaría. Y si él no lo hacía, lo haríamos nosotros.
Faltaban unos minutos para que los pasajeros, que ya habían desembarcado, empezaran a salir. Le propuse a José que él fuera solo a recibir al visitante y que luego me lo presentara. Me contestó que no, que teníamos que estar nosotros dos para recibirlo. Mientras tanto, las personas del vuelo iniciaron la salida; pero el italiano no aparecía. Pasó un rato. Ya salía muy poca gente y eso me hizo ver mejor las caras de los recién llegados. De pronto, me llamó la atención un joven alto, buen mozo y muy parecido a… «Debo de estar mal», pensé, y me di la vuelta para comentárselo a José, mas él no estaba. Volví mi mirada y el chico ya se encontraba muy cerca de mí, y me pareció que me sonreía. Nuevamente miré detrás de mí; allí no había nadie. Me volví y vi mejor al que se me acercaba. «¡Oh, Dios!», me dije, «si no estuviese en España, diría que ese joven es… ¡sí!, ¡sí!», y ya no pude pensar en nada. Me quedé sin respiración, pero fue por el fuerte abrazo de mi querido hijo Andrés.
Al darme la vuelta para ubicar a José, me encontré con su amplia sonrisa y con sus ojos llenos de picardía y emoción. Esa fue la gran sorpresa que él y mis dos hijos me habían preparado. Me acerqué y lo abracé, sin poder pronunciar palabra. Pero él ya sabía que yo era así, que perdía el habla por la emoción. Después se acercó nuestro hijo y los tres, callados, nos unimos en un fuerte abrazo. Camino a casa me contaron entre los dos que David le había escrito al papis y le contó sobre la situación en nuestro país, que se hacía cada vez más crítica; y también le dijo que me extrañaban mucho. Se pusieron de acuerdo y José se ocupó de todo para que Andrés viniese a nuestro lado. Su llegada a España se realizó en el mes de diciembre del año 2000. Y de esa manera me reuní con mi hijo más pequeño.
Con José viví muchos momentos agradables, pero nada fue igual que la llegada de mi hijo a España; así, con aquella hermosa sorpresa. No puedo describir la conmoción que sentí en aquel momento, la alegría que tuve al tener Andrés a mi lado; y me faltan palabras para hablar de José, que me lo trajo de aquel modo tan especial. Fueron los momentos que se incrustaron para siempre en mi corazón y mi memoria. Aún ahora, al pasar dieciocho años, debo respirar profundamente para contarlo, porque todavía siento la misma fuerte sensación que sentí aquel día.
Quisiera decir que, a pesar de no estar enfermo en aquellos años, José hablaba a menudo de su partida. Era una persona muy lúcida y creo que tenía una especie de presentimiento de que moriría antes que yo. Por eso quiso traer a mi hijo, para que no me quedase sola en España después de su partida definitiva. No me cabe la menor duda de que fuera así, pues pensaba en todos los detalles de la vida. Tan bueno fue. ¡Qué corazón tan grande tenía mi galleguito! ¿Cómo no iba a enamorarme de él?
