Dama de RojoEDITH AGUIRRE
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PARA SEGUIR VIVIENDO · 33 DE 45

NUEVA VIDA

Lectura a tu medida

Cuando iniciamos una nueva etapa en nuestra vida, deseamos que suponga un avance hacia lo mejor; además, anhelamos dejar atrás aquellas vivencias que fueron negativas. Con estos planes comenzó mi nueva vida junto a José. Pude liberarme de todo lo triste en el pasado, es más, llegué a olvidar que había estado casada. Lo único bueno que había, logrado de aquella experiencia catastrófica fueron mis dos hijos. Sin embargo, la convivencia con José era tan diferente. Él era un ser especial: responsable, respetuoso y muy cariñoso.

Una mañana, José se despertó con la idea de que debíamos ir al juzgado, pues sospechaba que podríamos tener algunas noticias; la almohada le había aconsejado hacerlo. Siempre me decía que era su mejor consejera y amiga. En las cosas más importantes, antes de decidirse por una cosa u otra, le consultaba a su guía. Cuántas veces me reía escuchando sus palabras, y lo que son las cosas, ahora también yo la consulto; y, por cierto, me aconseja muy bien.

Una vez en el juzgado, le preguntamos al señor secretario si había recibido algún documento de mi divorcio. Durante el viaje a Argentina habíamos pedido en la oficina del juzgado local que nos enviara a España cualquier noticia al respecto. Efectivamente, teníamos novedades y muy buenas: mi divorcio ya estaba inscrito en el Registro Civil de Argentina. Me hicieron la entrega de la resolución, sellada y registrada en el margen derecho de mi partida de nacimiento. Ahora podíamos contraer matrimonio, pero solo por lo civil. La segunda cuestión era definir el tipo de trámite a realizar, porque ya estábamos conviviendo. Primero teníamos que presentarnos ante la Guardia Civil para determinar los pasos a seguir. Posteriormente, con el comprobante en la mano, debíamos presentarnos en el juzgado para registrar la unión de hecho.

Al anochecer, José se puso muy romántico. Como siempre, preparó una mesa muy bien arreglada con mis flores preferidas, rosas rojas. En el centro de la mesa se encontraba una caja en forma de corazón, también de color rojo. Antes de hacer el brindis, tomó el estuche y me lo entregó. Lo abrí y vi unas alianzas y un cintillo. Y también un delicado reloj de pulsera. Nos abrazamos y, con voz emocionada, José me preguntó:

—Cariño, ¿quieres unirte a mí para toda la vida? ¿Y que solo la muerte nos separe? Te prometo que seremos felices.

Respondiendo a su abrazo, le contesté:

—Sí, claro que sí. Quiero ser tu esposa, para amarnos y no separarnos nunca.

Nos colocamos los anillos y nos besamos. Brindamos por nuestra futura felicidad. Luego bailamos unos tangos, y él lo hizo mucho mejor que antes. José me dijo que deseaba formalizar nuestra unión cuanto antes. Hablaría con David para que viniera con su esposa lo más pronto posible; les enviaríamos desde aquí los billetes. Y en cuanto supiéramos la fecha de su llegada, organizaríamos la velada.