Conocí a Edith Aguirre hace cuatro años, en la Tertulia Literaria de Guardamar, tras haber dejado Suecia y asentarme en este pueblo del Levante español. Por aquel tiempo ella solía escribir relatos cortos sobre la vida de la mujer en una sociedad machista. Las infidelidades y el maltrato psíquico y físico eran los atributos típicos de aquellas historias, tomadas de la vida de la mujer argentina; desgraciadamente, historias bastante comunes en su generación y su país de origen. Yo sospechaba que aquellos relatos tenían mucho que ver con sus propias vivencias. Y Edith lo confirmó. Pero, por extraño que pudiera parecer, el componente más peculiar de aquellos textos era el amor. El amor de una mujer. Pasión y apego, un sentimiento enfermizo que perdona las faltas del hombre amado y que muchas veces lleva a la mujer por el camino equivocado.
Evidentemente, el protagonista de aquellas historias era el amor. Porque es muy difícil imaginarse otra criatura tan apasionada y tan llena de sentimientos como Edith. El amor y la pasión han sido siempre la fuente de su razón de ser, su fuerza motriz para seguir luchando. Sin amor no hay vida y el amor lo es todo. Esta es la idiosincrasia de la autora de la novela autobiográfica Para seguir viviendo.
Quien conoce a Edith y ve en ella a una persona alegre, cariñosa y agradecida con la vida podrá pensar que siempre lo ha tenido fácil. Pero la realidad es bien distinta. Tuvo un matrimonio fracasado, con humillación, adulterio y privaciones económicas. Después del divorcio pasó varios años deprimida y sola, dedicada solamente al trabajo y a la educación de sus dos hijos. Y cuando menos lo esperaba, pues ya tenía descartada la posibilidad de ser feliz, encontró el amor. Era un amor tardío, un amor maduro; pero no por eso menos apasionado. Porque ella no es capaz de amar de otra manera.
Esta sería una historia como muchas otras si no hubiese sido por el medio que le ayudó a encontrar la felicidad. Un procedimiento algo insólito para una señora de su edad, que ya había cumplido 56 años. Encontró la felicidad con la ayuda de la informática y el ordenador. Conoció al hombre que posteriormente se convirtió en su esposo gracias a Internet y a las redes sociales. Es cierto que hoy en día esto ocurre muy a menudo. ¿Quién se asombra cuando dos veinteañeros se encuentran en uno de los tantos portales de contactos que existen en la red? Nadie; hoy eso es algo habitual. Pero que lo hubiese hecho una señora respetable en el comienzo de la era cibernética es otra cosa. ¡Qué audacia y qué atrevimiento!, exclamaría la mayoría de las personas al enterarse. Y sí, fue algo audaz y azaroso, pero ella lo hizo y, de ese modo, encontró su felicidad. Es una lección para todos nosotros: a veces vale la pena ser valiente y arriesgarse.
Sí, Edith Aguirre es una persona osada, capaz de lanzarse a una aventura. Así fue cuando conoció a José y emprendió un viaje a la lejana España para unirse a él. Algo parecido ocurrió con este libro. Se lanzó en el proyecto de la novela cuando todo estaba en su contra, ante todo, los años y la salud. Edith es una persona de edad un tanto avanzada; tiene ciertos impedimentos físicos, entre los cuales hay uno que es especialmente molesto para el uso del ordenador: sus dedos apenas funcionan. Le cuesta muchísimo trabajo golpear las teclas correctamente. Pero no le faltó la voluntad ni los deseos de llevar a cabo su propósito: escribir la historia de un encuentro y de un amor, una historia que es un homenaje a su difunto esposo.
Este libro fue escrito de manera bastante particular: Edith pronunciaba frases en voz alta, y un programa especial, instalado en su tableta, convertía las palabras habladas en las frases escritas. Quien haya tratado alguna vez de pergeñar una obra literaria puede imaginar lo difícil que es enunciar ideas de forma oral. A veces el programa no entiende bien lo que se dice y lo interpreta a su manera. Y corregir un texto con dedos que no obedecen es algo bastante difícil. Además, hablando en voz alta es casi imposible lograr el resultado deseado. Una obra se escribe con el lenguaje literario, el cual no es el más apropiado en una conversación. Por eso, de entrada, el texto no salió perfecto. Edith trabajó muchísimo con sus dedos enfermos para mejorarlo; pero, al final, necesitó algo de ayuda para redactarlo y darle el acabado. Pero es ella quien nos cuenta su historia. El lector casi escucha su voz. Son sus emociones y su pasión las que invaden las páginas de la novela.
Y, bueno, aquí está el resultado de ese duro trabajo. Es una historia de amor, cuya protagonista es una mujer valiente y atrevida en el mejor sentido de la palabra; una mujer con mucho espíritu de superación y, además, muy perseverante. Lo mismo se puede decir sobre la autora de este libro. Porque hay que ser perseverante para llevar a cabo un proyecto tan difícil como escribir una novela; y por encima de eso, con sus limitaciones personales. Por eso Edith Aguirre, la autora de esta preciosa historia, merece toda nuestra admiración. En cuanto al cariño, ya lo tiene.
Galina Álvarez,
Presidenta de la Tertulia Literaria de Guardamar del Segura.
