No cabe duda de que nuestra mente es asombrosa. Sin saber por qué nos trae al presente recuerdos de momentos vividos mucho tiempo atrás que quizás ya no recordábamos. Eso me ocurrió en uno de estos días. Venía con una amiga en el autobús hacia Guardamar; regresábamos de un paseo por Alicante y charlábamos de miles de cosas. De pronto, ella me preguntó:
—¿Extrañas tu país?
—Sinceramente, no. Quizás te asombrarás por lo que te diré: allá sobrevivía, aquí vivo. Pero sí extraño a David, mi hijo, a Abril y Luciana, mis hermosas nietas, a mi hermano Miguel, a su hermosa familia, entre otros familiares. Extraño a Nora Edith, ahora mi hija, pues soy su madrina. Sus padres y su único hermano fallecieron; cada uno de ellos me pidió que nunca la dejase sola, y debo cumplir con esa petición. Pero la verdad es que aquí me siento muy feliz. Te confieso que desde muy pequeña amaba a España. Aprendí algunos de sus bailes: jota, flamenco, sevillana y tocaba muy bien las castañuelas. Mis disfraces y cantares siempre eran españoles.
Le conté que tendría unos veinte años cuando mi madre me comentó que una confitería-panificadora, que se llamaba “La Española” y estaba ubicada a la vuelta de casa, había anunciado un concurso. Los participantes debían enviar todos los meses dos envases de los productos que el negocio fabricaba y vendía, con la imagen de una hermosa bailarina vestida con un elegante traje amarillo de lunares negros. El premio anunciado era un viaje a España y se sorteaba una vez al año. Sobra decir que desde entonces me dediqué a comprar los productos del sitio y enviarlos al sorteo. Mis hermanos se mofaban de mí al ver mi perseverancia; sin embargo, yo no dejaba de adquirir los productos y seguir las pautas del certamen. Pero aquel año no tuve suerte y no gané el premio tan deseado. A pesar de ello, no quise rendirme y decidí continuar haciéndolo. Tenía esperanza de ganarlo en otros sorteos.
Mi madrina era una de esas personas mayores que lo saben todo. Un domingo, ella se encontraba en casa almorzando y escuchó las bromas de mis hermanos; yo estaba sentada a su lado, por eso ella notó mi tristeza. Entonces, con un gesto cariñoso, levantó mi barbilla y me habló con mucha ternura:
—Hija, no te desalientes; debes seguir, no abandones nunca tus propósitos.
Durante varios años, sí, años, seguí con mi plan. Hasta que un día, uno de mis hermanos, el más pequeño, me preguntó:
—¿Y cuándo te vas a España? —Me miró con picardía y dijo riéndose— Nunca tendrás suerte, todo eso es mentira, no existe tal concurso; deja ya de perder tiempo y dinero.
—¿Y quién te ha dicho —repliqué molesta— que estoy perdiendo todo lo que me dices? Para que lo sepas, estoy arrojando mis acciones al cosmos, y sé que algún día tendré suerte y conoceré ese hermoso país. Recuerda esto, querido hermano: persevera y triunfarás.
Pasaron los años y se me cumplió el sueño que, por supuesto, no fue el resultado del famoso sorteo. Me imagino que fui premiada por la constancia; el universo notó, seguramente, mi perseverancia de tanto tiempo, pues nunca desistí de mi ilusión. Y esto es solo un avance de la bonita historia que viví posteriormente, y que todavía sigo viviendo.
