Transcurría el año 1996 cuando conocimos el novedoso medio de relacionarnos con las personas que se encontraban a miles de kilómetros de distancia. La comunicación se realizaba a través del ciberespacio con la ayuda de la computadora. El contacto se efectuaba por el correo electrónico. Al principio, como me ocurre con cualquier novedad, no creía mucho en eso. Pero mi hijo David ya estaba dentro de ese mundo y, como era muy entusiasta y tenía poder de convicción, logró que yo tomara interés en el asunto.
Tenía una idea fija que yo necesitaba salir del bloqueo emocional en el que me encontraba después del divorcio con su padre. Con aquel matrimonio caótico sufrí engaños, traiciones y maltrato físico. Pude sobrevivir a la terrible experiencia, mas permanecía sin deseos de nada. Solo vivía para mis hijos, la única alegría que me quedó de la relación frustrada. Otra cosa importante para mí era mi trabajo, pues era nuestro único sustento. Sentía mi responsabilidad en cuanto a mis chicos; quedé sola con ellos y debía seguir luchando hasta que ellos pudieran afrontar la vida por su cuenta.
Una noche, David y yo salimos a caminar juntos; lo hacíamos con frecuencia. Hablando de una cosa y otra, lo pregunté:
—¿Caro, ya tienes novia? Si es así, me gustaría conocerla.
—No. No tengo novia, ni pienso tenerla por ahora.
—¡Qué me dices! —Me paré frente a él, tomé su brazo y lo volví a preguntar—: ¿Pero por qué? ¿Tienes algún problema? ¡Dímelo!
—Está bien. Mi problema eres tú.
—¿Yo? ¿Por qué yo?
Me abrazó y me dijo:
—Hasta que tú no abandones tus malos recuerdos y no olvides lo que has soportado en la vida con aquel hombre, serás mi problema. Tienes que dejarlo atrás y empezar a vivir de nuevo. Eres joven todavía. Mientras tanto, seguiré a tu lado, y nada de novias. Por eso quiero introducirte en este mundo nuevo de comunicaciones; allí podrás hacer amistades. ¿Lo aceptas?
Claro que lo acepté. Mi hijo me registró en varios sitios en la red para poder buscar amigos en el ciberespacio. La discusión surgió cuando quiso colgar mi foto; en ese punto yo me mantenía reticente. Por aquel tiempo, tener mi fotografía publicada no era cosa de mi agrado. Pero, por lo demás, seguí los consejos de David, que supo estimular mi curiosidad. O, tal vez, yo misma empecé a darme cuenta de que había llegado el momento de cambiar mi vida.
