Durante mi preparación, David me informaba de todos los detalles en el manejo del programa, porque no quería que cometiese errores. Me enseñó cómo podía conocer a otras personas y llegar a mantener con ellos una amistad virtual. El contacto se realizaba mediante los mensajes escritos y enviados a través de Internet, o ciberespacio, como lo llamábamos en aquellos años. Mi hijo me dictaba las reglas e insistía en su cumplimiento. Sinceramente, a veces no entendía el porqué de aquellas exigencias, pero siempre cumplía con sus recomendaciones.
Cuando terminó con mi preparación y me consideró lista, me dijo:
—Bueno, viejita, ¡ahora a esperar! —Y con su sonrisa picarona, añadió bajito—: ¡Esto no es pa’ casarse!
Muchas veces recordamos aquella expresión suya; y, cosas de la vida, fue el padrino de mi boda.
En el tiempo más corto de lo imaginado me instalé en ese misterioso mundo. Durante varios meses, en los cuales mi vida cambió, logré establecer el contacto con un grupo de cincuenta usuarios. Todos los días, al regresar del trabajo me comunicaba con mis nuevos amigos y mantenía con ellos un intercambio de mensajes. Poco a poco aquello se había convertido en algo muy importante para mi bienestar.
Hay que decir que aquella red de amigos no se formó ni se creó instantáneamente, sino en forma progresiva. Recuerdo bien la primera carta que recibí. La envió Juanito, un joven mejicano de apenas veinte años. Su propósito era conocer una mujer para ser feliz. No sabía cómo hacer para que entendiese que con mis cincuenta y seis años podía ser su mamá. Al día siguiente logré sacarlo de su gran error y hablamos ya de otra manera. Nuestra relación virtual continuó. Me contó que había tenido una novia, pero ella no resultó ser lo que él esperaba. Mantuvimos la correspondencia durante un tiempo, y un día él me escribió que estaba muy feliz, que tuvo suerte y conoció a una joven a través de su correo. Se escribían mensajes, con cierta calidez, lo cual le agradaba. Se despidió correctamente y nunca más supe de él.
