En los siguientes mensajes José volcó toda su vida y me contó sobre sus dos desgracias. Después de haber pasado muchos años en Argentina, retornó a su país con la firme idea de no volver jamás. Sentía un dolor inmenso. Su única hija, de tan solo tres años, había fallecido; los médicos le diagnosticaron muerte súbita. Todo fue muy rápido.
La tragedia comenzó en el interior del restaurante de su propiedad, que estaba anexo a la vivienda. Una noche, José que trabajaba todavía en el salón, tenía a su pequeña en brazos y estaba jugando con ella. En eso se acercó la mamá de la niña y se la pidió para acostarla. José besó a la pequeña y se la entregó. Habían transcurrido tan solo unos minutos, cuando nuevamente apareció su esposa con la nena en brazos gritando que no respiraba. Un vecino, que acostumbraba a ir todas las noches al mesón para beber una copa, se ofreció para llevarlas al hospital en su coche. José tuvo que quedarse para cerrar el negocio. No podría decir cuánto tiempo exactamente tardó en llegar al hospital. Y cuando lo hizo se encontró en la entrada con su mujer que lloraba y repetía:
—¡Patricia murió, Patricia está muerta!
Fue algo horrible que nadie pudiera explicar.
Después de sepultar a la niña, su esposa, que estaba totalmente deshecha, quiso ir por unos días a su pueblo natal para mitigar el dolor junto a sus padres. Explicó que no soportaba estar en la casa sin su hijita. A pesar de que se quedaría solo con el terrible dolor, José accedió. Se imaginaba la angustia de su esposa. Durante el día, atendiendo su negocio, las horas pasaban rápidas; mas al llegar la noche se sentía muy mal. Iba al cementerio y le hablaba a su niña hermosa.
Transcurrieron tres largos e interminables meses desde la partida de su mujer, pero ella no regresaba. En todo ese tiempo no lo llamó ni tampoco le escribió una carta.
Una noche, un amigo de la familia llegó al restaurante: venía del pueblo de sus suegros precisamente. José lo invitó a cenar y se pusieron a charlar. Le contó a aquel hombre cómo ocurrió la desgracia y lo mal que se sentía estando solo. Tras un molesto silencio, el hombre le dijo a José que su esposa no regresaría, pues se unió con su antiguo novio. Al escuchar la noticia demoledora, José se sintió aplastado, pero no le hizo comentario alguno al visitante. Se confirmaron sus sospechas de que algo iba mal con su mujer. Después de aquella visita nunca más supo de ella.
También José me confesó que en esos momentos estaba viviendo con una mujer veinte años mayor que él, y les faltaba poco para cumplir veinticinco años juntos. Cuando se conocieron, ella era muy hermosa y era difícil creer que le llevaba tantos años. Además, le mintió ocultando su edad. Al tener que tramitar la compra de unos locales, él le pidió su documento de identidad y fue entonces cuando descubrió cuántos años tenía. Sucedió después de mucho tiempo viviendo juntos.
Pero también era verdad que se habían encontrado en los momentos difíciles para él. Cuando regresó de Argentina, era un extraño en su propio país; le costaba adaptarse y no lograba conseguir trabajo. La noche en que la conoció, él se lo confió; ella, con muy buena voluntad, le ofreció trabajo y vivienda. Y él los aceptó dadas las circunstancias de su situación.
María del Pilar, que ese era su nombre, era viuda y vivía sola. Sin darse cuenta, ellos terminaron juntos y formalizaron una vida en común. Y así fueron pasando los años. José me confesó que nunca la amó, aunque sí vivió cómodo y bien atendido; la respetaba como si hubiese sido su madre.
Pero con el paso de los años el comportamiento de la señora empezó a cambiar, bebía mucho. Como su compañero de vida, José tenía que soportar con frecuencia situaciones muy embarazosas debido a su conducta; y lo triste era que si él le llamaba la atención, la mujer le contestaba en mala forma, con gritos e insultos, sin importarle en dónde y con quién se encontraban. Un día, tras sufrir una pelea entre ellos, él la miró y se dijo:
«¿Qué estoy haciendo con mi vida? Debo buscar una solución urgente, no puedo seguir viviendo así». Y decidió apartarse de ella y continuar con su propio negocio.
Su primera decisión fue aprovechar el que tenía en marcha en aquel momento, y así lo hizo. Miraba con satisfacción cómo prosperaba día a día la obra de sus manos. En aquel tiempo, el comercio de ese tipo se hacía por fax. José disponía de uno, y con su ayuda se conectaba con sus representantes y clientes. Era el único medio que se usaba para comunicarse. Los ordenadores empezaron a usarse para mejorar el control de clientes. En aquellos momentos, Internet era un rumor sobre algo que «se venía en camino para cambiar el mundo».
Cuando José se enteró de la existencia del correo electrónico, se interesó por ese nuevo modo de comunicación y empezó a usarlo. Con el tiempo descubrió el programa de contactos y allí vio mi perfil. Y me escribió su primer correo electrónico.
Terminó su escrito aclarándome: «No sé si esto te detiene para aceptar mi amistad, pero estoy seguro de que debo contarte todas mis verdades para que desde el principio conozcas mi forma de ser. Solo te queda aceptarlo o dejarlo».
Analicé atentamente los escritos enviados por José Franco. Me agradó su segundo nombre, Franco; me provocaba la sensación de seguridad y confianza. Así me hubiera gustado llamar a alguno de mis dos hijos, pero su padre nunca lo aceptó.
Al leer entre líneas, me di cuenta de que se trataba de una persona que sufrió mucho. Se sentía muy solo. Por ello ocupaba todo su tiempo en los negocios. También me pareció que era un hombre de buenos sentimientos que buscaba una mano para aferrarse a ella y tener compañía.
Aunque, por otra parte, me surgió una serie de dudas. Por ejemplo, me pregunté: ¿tan mal quedó él por la pérdida de su hijita? ¿Hasta el límite de no saber valorar su estima como hombre y, solo por comodidad, tolerar esos veinticinco años al lado de una mujer a la que no amaba? ¿A la que solo veía como una madre?
En el primer instante, al enterarme de que tenía pareja, tuve el impulso de decirle que no quería continuar recibiendo sus mensajes. Pero me puse a razonar. ¿Qué mal me podría hacer aquel contacto? Ninguno. Por otra parte, yo podría darle la compañía a alguien que se sentía solo, como me sentía yo misma antes de entrar en la red y conseguir amigos. Al mismo tiempo, por su forma de escribir, José Franco me dio la impresión de ser un hombre muy culto. Se notaba que estaba bastante instruido y se expresaba muy bien. Y lo que más me gustó es que él me reveló toda la verdad sobre su persona, sin ocultar la información que pudiera influir en mi opinión.
Así que acepté su amistad.
También pensé que, seguramente, nuestros caminos nunca se cruzarían y que no estaríamos juntos en ningún momento, y ese detalle me ayudó a tomar la decisión.
