Dama de RojoEDITH AGUIRRE
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PARA SEGUIR VIVIENDO · 9 DE 45

AMADA ESPOSA

Lectura a tu medida

Desde aquel momento, nos comunicábamos hasta cuatro veces al día. Nuestra relación se hizo muy fluida y agradable, como si nos conociéramos de siempre. Compartíamos muchas experiencias y reflexiones sobre la vida; y reconozco que lo s escritos de José me hacían muy feliz. Él me escribía sobre sus gustos y sobre su trabajo, que amaba mucho. Decía que era su faena y ocio al mismo tiempo. Eso me llamó la atención, y le pregunté por qué decía eso. Me explicó que solía viajar en su furgoneta Camper. Como recorría toda España y también iba mucho a Portugal, Francia o Italia, planificaba bien sus recorridos. Para aparcar escogía lugares que le gustaban, ya fuesen playas o bosques de pinos (lo que más le agradaba), y allí se quedaba. Cuando llegaba al lugar, hacía caminatas para conocer bien el terreno. Si estaba cerca del mar, se refrescaba dándose un baño. Sí no, se sentaba bajo una buena sombra. Esto era su ocio. Luego continuaba con sus obligaciones, visitando a los clientes para venderles la mercancía, y cumplía así con su trabajo.

Por mi parte, yo le escribía que mis deberes diferían mucho de los suyos. Trabajaba hasta catorce horas diarias. Solo tenía el fin de semana para cocinar y hacer los quehaceres de la casa.

Un sábado yo estaba muy atareada preparando empanadas de carne, plato predilecto de mis hijos; tenía deseos de terminar con ello y comer temprano. Al escuchar el teléfono me sentí molesta porque no disponía de tiempo, pero tuve que atenderlo. Al levantar el auricular y al oír: «Hola, muñeca, soy José Franco, de España», me sentí tan emocionada que tuve que sentarme. No lo podía creer, ¡pero sí, era él! Estuvimos charlando más de una hora. Al terminar la conversación, me di cuenta de que no había encendido el horno y las empanadas todavía estaban crudas. Así que comimos bastante tarde.

Desde aquel día, José me llamaba todos los sábados a las dos de la tarde. Durante varios meses mantuvimos nuestra relación por medio de los correos y las llamadas telefónicas. Antes de salir para el trabajo me conectaba a Internet para saludarle. Y así, una mañana muy fría, al encender el ordenador sentí un soplo de calor por la gran sorpresa que me llevé mirando al monitor.

¡BUENOS DÍAS, MI AMADA ESPOSA! Sí, lo has leído bien, te pido que seas mi esposa.

El mensaje estaba escrito en grandes letras rojas. Sobra decir que me quedé estupefacta, no sabía si estaba soñando o estaba despierta. Le contesté con una sola frase: «¡¿Cómo puedes decirlo si ni siquiera me conoces personalmente?!». Y era verdad. ¿Cómo me iba a pedir matrimonio si nunca había visto mi cara? En mi perfil no se había colgado ninguna foto mía. Se lo prohibí a David. Como tampoco le permití dejar en el muro del programa demasiada información sobre mi persona. No podía comprender el gesto de José, pero, de todas formas, me quedé muy emocionada.