Pasadas las primeras horas de euforia, una duda empezó a martillarme el cerebro. Durante los meses de nuestra amistad con José no pensé en María del Pilar. Como si ella no existiera. Pero ahora él me invitaba a su país, y eso era algo totalmente diferente. ¿Cómo iba a ocurrir ese encuentro?
La madrugada había avanzado, pero yo estaba sin dormir, cansada de dar vueltas en la cama. Me levanté y decidí escribirle a José. Era necesario que me aclarara qué sucedió con la mujer. ¿Seguiría con ella? ¿Estaría ella al tanto de mi existencia? ¿Se habría enterado de mi posible viaje a su país? Yo necesitaba saberlo para mi tranquilidad; con tanta excitación no me acordaba de ella. No era mi intención hacerle daño, eso nunca.
José estaba conectado a la red, atendiendo correos de sus clientes. Me contestó enseguida, explicando primero que se preocupó por recibir mi correo a esa hora; en Argentina era plena madrugada. Después me dijo que no le asombró el contenido de mi mensaje, es más, lo esperaba. Y me prometió dejar un escrito explicándome lo que hizo para resolver la situación. No quería entretenerme para que no llegase tarde al trabajo, solo me dijo que me quedara tranquila, que todo estaba solucionado. Como todavía me quedaba un par de horas, le pedí que me lo explicara ya de una vez, de todas formas, no podía dormir. Ante mi impaciencia, me lo describió con detalles.
Desde hacía mucho tiempo, entre María del Pilar y él existía un problema grande de convivencia, esto ya me lo decía en sus escritos anteriores. Ella seguía bebiendo mucho, y la situación entre ellos se iba agravando, lo cual hizo insoportable la vida bajo el mismo techo.
Un suceso aceleró el final de su vida en común. Un día, cuando él se encontraba frente a la computadora y me escribía una carta, no se dio cuenta de que María del Pilar había entrado y se había ubicado detrás de su silla. Al descubrirla, mirando en silencio al monitor, José comprendió que María del Pilar se dio cuenta de su infidelidad. No tenía conocimientos de informática, pero vio que se trataba de una carta de amor. Los dos quedaron sin hablar durante unos minutos; después ella le preguntó si escribía a su esposa de Argentina. Al escuchar una respuesta afirmativa, dijo que quería separarse de él y le pidió que la llevara a Barcelona, donde vivía su hermano con la familia. Añadió que allí también existía una residencia para personas mayores, adonde le habría gustado ingresar, ya tenía edad para ello. Solo le pidió que no la dejara de visitar de vez en cuando.
José también me contó que, después de hacer los trámites necesarios, él mismo la llevó hacia su nuevo destino. Así terminó el período de veinticinco años junto a ella. Me pidió que no me preocupara por su separación. Aquella decisión fue tomada antes de conocerme.
La vida nos sorprende con frecuencia y a veces nos pone en situaciones que ni siquiera podríamos imaginar. Así me pasó en relación con María del Pilar, que me tocó de cerca, a pesar de que nunca la vi ni conocí personalmente. Nos hicimos cargo de su residencia, como también de todos sus gastos personales.
Un día, cuando José y yo llevábamos varios años juntos, él recibió una llamada, y era ella. Dijo que quería conocerme. En aquel momento yo tenía una visita de Argentina, lo cual me impidió viajar a Barcelona. A los tres días nos comunicaron que había fallecido.
