Un día, al regresar de mi trabajo, encontré en casa una carta oficial remitida desde España. Me llamó la atención que el remitente no fuera José. Decidí abrir el sobre y, a medida que leía la carta, mi sorpresa se hacía mayor. Lo enviaba un notario y contenía un coaseguro contratado por José Franco Fernández a mi nombre. No podía dudar, eran mis datos personales. Me invitaba a viajar y permanecer en España por treinta y cinco días. Mi sueño estaba a un solo paso de convertirse en realidad, y no por aquel sorteo en el que participé tantas veces cuando era joven.
En el documento se declaraba que José Franco me pagaría los billetes para ir y volver a Argentina y cubriría todos mis gastos durante la estancia en su país. También depositaba a mi nombre una importante cantidad de dinero.
Nadie podría imaginarse lo que este documento significaba para mí; sentía deseos de reír, llorar y gritar. Con esta carta José me daba la seguridad de que podía viajar a su encuentro sin miedo. Todos mis temores se desvanecieron. La cabeza me daba vueltas y por eso me tiré en la cama, repitiendo su nombre como una canción. Lamentaba que mis hijos no se encontraran a mi lado en ese momento, sentía la necesidad de contar a alguien lo que estaba viviendo. ¿Soñaba o era realidad?
Ese mismo día acepté su invitación. Sé que pasarán los años y nunca podré olvidar los rostros de mis peques al saber la novedad, igual que los de mis familiares cuando leyeron aquel seguro que me envió José Franco.
Sí, puedo decir que fue un documento muy importante; pues me sirvió de salvoconducto en dos ocasiones: en mi primer viaje a España y en un viaje que hice mucho más tarde, pero esto es otra historia.
