Dama de RojoEDITH AGUIRRE
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PARA SEGUIR VIVIENDO · 17 DE 45

AL FIN VIAJÉ

Lectura a tu medida

Al otro día pude salir sin ningún problema. Después de tres horas de vuelo llegamos a Buenos Aires. Hicimos escala en el aeropuerto Internacional Ministro Pistarini; para continuar el viaje tuve que atravesar aquella enorme ciudad y trasladarme a otro aeropuerto, donde esperé siete largas horas para continuar hacia Madrid.

El primer paso estaba dado, ya iba al encuentro de José. Me sentía como en las nubes, y no porque el avión viajara entre ellas, sino por mi estado anímico. Mis pensamientos formaban un torbellino, y eso era un obstáculo para poder analizar bien lo que estaba haciendo. Pero razonando con más tranquilidad, me di cuenta de que iba al encuentro de alguien con quien no tuve contacto directo. Solo nos habíamos visto en las fotos. Me tranquilizaba la idea de que él me agradaba. El encontrarme con él sería la prueba definitiva. Conocería sus costumbres, y él las mías. Así que decidí dejarlo todo como estaba y ver lo que sucedería en los días siguientes, cuando estuviéramos juntos.

Debido a aquella mezcla de entusiasmo y alteración que sentía, usé el tiempo de la larga espera para caminar por el terminal. Ya conocía el aeropuerto de Buenos Aires, pero no el Internacional. José me acompañaba con sus llamadas durante aquellas horas. Las conversaciones se interrumpían porque las baterías de nuestros teléfonos se agotaban y teníamos que recargarlas.

Al cabo de un rato, me senté en una cafetería y me puse observar a la gente y todo lo que ocurría a mí alrededor. De pronto, me llamó la atención una mujer que iba en una silla de ruedas. La noté preocupada, pues miraba hacia todos lados. Me fui acercando. Al llegar a su lado la saludé y le pregunté si necesitaba algo. Me tomó la mano y muy bajito me dijo que le hacía falta ir al baño. Miré en todas las direcciones. Sin pensarlo dos veces, tomé su silla y nos dirigimos al lugar. Busqué uno especial, para discapacitados. Estaba dispuesta a hacer lo que fuese necesario para ayudarla. Solo tuve que darle mi apoyo para levantarse de la silla y llevarla unos pasos. No podía caminar trechos largos. La esperé y, al salir, la dejé en el lugar donde la había encontrado anteriormente. Cuando me disponía a retirarme, ella se presentó; me sorprendí al escuchar su nombre, Hit. Así de corto y simple. Me dijo que agradecía mucho mi ayuda. Una palabra tras otra, empezamos a charlar.

Su viaje terminaba en Madrid. Ella me contó un poco de su vida y me dijo varias veces que la visitara a su casa. Explicó que casi siempre estaba sola; vivía con su hermano, pero él viajaba mucho. Me dijo que le habría gustado que nos hiciéramos amigas. Hasta el momento de nuestra salida no nos separamos. Me contó y enseñó algo que con el tiempo me sirvió mucho. Siempre viajaba sola, pero lo hacía en silla de ruedas, y me explicó cómo se tramitaba.

Yo le conté lo de mi aventura, ella se entusiasmó y me deseó que todo me saliera bien. Después de aquel encuentro mantuvimos el contacto. Hablábamos por teléfono y, en muchas ocasiones, ella nos invitó a mí y a José a visitarla en su casa.

Un día, al cabo de unos años, recibí una llamada de un hombre desconocido. Era Manuel, el hermano de Hit. Me dijo que ella nunca se olvidó de mí y que al recordarme decía: mi argentina. Habló un poco de ella y de lo que le contó acerca de mi persona. Al final me comunicó que ella había fallecido.

Hasta el día de hoy, en cada viaje que hago recuerdo a aquella simpática madrileña; y que, gracias a sus recomendaciones, viajo muy protegida, cómoda y segura con la silla de ruedas.