Ya quedaban pocos días de mis vacaciones. Nuestra vida en común, llena de nuevas experiencias, de amor y de ternura, había sido agradable. Sin embargo, a principios de la última semana me di cuenta de que en ningún momento José tocaba el tema de mi partida. Es más, ya no me decía que no podía vivir sin mí. ¿Sería porque evitaba tocar el tema de mi regreso, que se aproximaba? Tampoco me decía nada sobre el futuro y de cómo mantendríamos nuestra relación. ¿Nos volveríamos a ver? No lo sabía. En fin, pensaba en todo lo que se piensa después de haber disfrutado tantos días y tantas noches junto a un hombre amado. A pesar de mi preocupación, yo hacía un esfuerzo y no le preguntaba ni comentaba nada sobre el tema. Mientras tanto, mi cerebro trataba de dominar el corazón ansioso: «Tranquila, ha sido un sueño bonito, pero todos los sueños se terminan».
Entre una cosa y otra, llegó el día de la despedida. Nos encontrábamos en el aeropuerto. Después de entregar el equipaje y antes de entrar en el área internacional, recorrimos las instalaciones. Era la hora de comer y fuimos a un restaurante. Cuando nos sirvieron vino, José levantó la copa y dijo:
—Te propongo un brindis. —Hizo una pausa y continuó—: ¡Por el día de nuestro mañana!
—¡¿Qué quieres decir con eso?! —exclamé, sorprendida.
—Sí, por el día de mañana —dijo—, porque nosotros lo tendremos. Te estaré esperando para el fin de año, pues deseo empezarlo contigo. ¿Qué me respondes? Si me aceptas, nunca nos separaremos y viviremos aquí, en España.
Lo escuchaba y no lo podía creer. ¿Por qué me lo decía ahora? Entonces, me contó cuánto le había costado callar y no hablar del futuro hasta el mismo momento de mi partida; quería sorprenderme. José tenía una cualidad muy peculiar: le gustaba dar sorpresas. Además, si prometía algo, lo cumplía siempre. Esta, la verdad, fue una sorpresa muy especial.
—Querido —le contesté cuando pude reaccionar—, no podré venir para quedarme. No puedo dejar a mis hijos. Además, he trabajado más de treinta años; al irme lo perdería todo y me quedaría sin jubilación. No, no puede ser.
Tomó mis manos y me dijo con convicción:
—No será ningún problema. Todos los meses te depositaré el doble de tu sueldo, aparte, te daré todo lo que necesites. También, cuando vuelvas, tendrás tu paga como mi secretaria. Serás mi única heredera. No tienes que pensarlo mucho. Una vez que estés a mi lado, me haré cargo de todo lo tuyo y también cuidaré de tus hijos.
Me pidió que no le contestara enseguida. Que lo hablase tranquilamente con los chicos. Que viera si existía alguna posibilidad de jubilarme antes de tiempo. Le contesté que no sería posible, pues no tenía edad todavía y tampoco los años de servicio requeridos. Con la promesa de ver por mi parte todas las posibilidades de volver a España, terminamos nuestra conversación. Él me esperaría, pero yo trataría por todos los medios de volver lo más rápido posible.
Del vuelo de regreso no puedo contar nada; pensaba en todo lo que José nos había ofrecido a mí y a mis hijos. Una pregunta giraba en mi mente: ¿qué dirían los chicos al plantearles que habría que dejarlo todo? Nuestras raíces, nuestros trabajos y las costumbres. «¡Oh, Señor! Te pido que me des una señal si es que debo aceptarlo, ¡por favor!», rezaba una y otra vez.
Ya en casa, mis hijos, muy excitados, me preguntaron cómo me había ido. Les conté todo sobre mi viaje, lo que conocí y lo hermosa que era España. Mas cuando me preguntaron: ¿qué tal el galleguito?, me costó hablar, me quedé en silencio. Entonces, se vieron preocupados. David me preguntó si José no me gustó; pero la gran agitación que sentía me impedía contestarle, no sabía ni cómo empezar. Andrés, cariñoso como siempre, me abrazó y con su natural picardía comentó:
—Cuéntanos sin vergüenza alguna, te escuchamos, viejita.
Al fin pude hablar. Les conté en detalle todo lo que José me había planteado. Después de un breve silencio, mi hijo mayor me reiteró lo que siempre me decía: que fuera yo quien tomara la decisión. Él aceptaría cualquier salida. Me recordó también las palabras que pronunció antes de mi partida: si tendría que elegir, que no pensara en nadie, solamente en mí misma. Por eso su expresión final fue esa:
—Nosotros ya podemos afrontar la vida solos, tú nos preparaste para ello. Ha llegado tu momento; cuenta con mi apoyo.
Mi hijo menor solo murmuró que me extrañaría mucho. Tanto, que se iría detrás de mí. Nos abrazamos los tres, y así terminó nuestra conversación, la cual me había probado el pleno apoyo de mis hijos.
A partir de entonces, me enfrenté al proceso de los trámites de salida que, por cierto, no eran sencillos. Me sentía agobiada; todo era difícil y nada estaba a mi favor. Aunque José me lo pintó como algo simple, en realidad, aquello amenazaba convertirse en un asunto largo y problemático. Por eso decidí dejar correr el tiempo para ver cómo podría salir adelante.
