Dama de RojoEDITH AGUIRRE
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PARA SEGUIR VIVIENDO · 24 DE 45

UN MILAGRO

Lectura a tu medida

Cuando las cosas tienen que suceder, suceden; y a veces ocurren milagros.

Le imploré a Dios que guiara mi camino, y yo, por mi parte, estaba dispuesta a iniciarlo cuanto antes. Pero, mientras tanto, tenía que seguir con mis obligaciones de siempre. Habitualmente para ir al trabajo siempre hacía el mismo recorrido, pero aquel día lo cambié. Faltaban pocos metros para llegar a mi centro laboral, cuando me topé con Betty, una compañera mía, y nos saludamos. Al encontrarla lejos de su despacho en horas laborables, me asombré y le pregunté si le ocurría algo. Su rostro se iluminó.

—¡Hace un mes que me jubilé! —exclamó con una amplia sonrisa—. ¡Estoy tan feliz!

—¿Estás jubilada? —pregunté, incrédula—. ¿Pero cómo? No puede ser, pues tenemos la misma edad y empezamos a trabajar en el mismo tiempo. No tenemos la edad requerida ni los años de servicio…

—Amiga —me interrumpió—, tu cumpleaños está muy próximo, si no me equivoco. ¿Es cierto?

Me sorprendió mucho su pregunta. ¿Qué importaba el día en que nací?

—Por favor —me interrogó, excitada—, dímelo.

Sentí curiosidad por lo que ella me quería decir y le contesté:

—Dentro de un mes y medio exactamente.

Ella me abrazó con alegría y, casi gritando de emoción, me dijo que yo también podría jubilarme. No creo que un combazo en la nuca me hubiese producido un efecto mayor. Cuando pude calmarme, mi amiga me dio los detalles. Se podía iniciar la jubilación por una moratoria que se llamaba «Feliz Cumpleaños». Los requisitos eran los siguientes: cumplir años antes del fin del próximo diciembre y, con ello, llegar a la edad entre los cincuenta y ocho y los sesenta años. Como condición, era necesario tener como mínimo treinta años aportados a la caja de pensiones.

Le conté mi historia con José en pocos minutos. Ella me aconsejó que yo tratara de aprovechar la moratoria, estaba segura de que yo no tendría problemas. Me explicó todo sobre los papeles que tenía que presentar; en mi caso, era el legajo de mi trayectoria laboral. Su último consejo fue que me diera prisa, que acudiera a la oficina ANSES e iniciara el trámite; y de no ser posible hacerlo enseguida, que lo hiciera al día siguiente, pero que no esperara más. Le comenté que iba a la oficina para incorporarme al trabajo después de unas vacaciones largas. A lo que ella me contestó que me arreglase como pudiera, pero que no dejara de ir y solicitar la jubilación.

Nos abrazamos y nos despedimos, y ella me hizo la promesa de visitarme algún día en España.

Me faltaba poco para llegar al trabajo, pero el trayecto se me hizo interminable; además, no sabía qué podía inventar para justificar el permiso para ausentarme. Apenas llegué, se lo conté a David, que trabajaba conmigo. Casi a empujones me llevó hacia el despacho de mi jefa y me aconsejó:

—Muy sencillo. Después de saludarla, le comunicas que harás uso de tus horas de asuntos personales.

Quería explicarle que no debería ir, que recién regresaba de las vacaciones…

—No importa —me cortó—. Y no le ocultes adónde vas, así no podrá negarte este permiso.

Me llené de valor e hice lo que él me sugería. Le expliqué a la jefa adónde iba, sin contarle lo de Betty. Ella me escuchó y, con una sonrisa irónica, preguntó:

—¿Realmente crees que te jubilen?

—Yo no creo nada —le contesté—, solo quisiera comprobarlo.

Escuché su sarcástico «¡suerte!», aunque no le di mucha importancia. David me estaba esperando fuera. Me preguntó si quería que él me acompañase.

—No, por favor —protesté—, no podemos ni debemos salir los dos.
Llegué a la oficina ANSES de jubilaciones sin creer en la posibilidad de lograr algo, me sentía muy insegura y nerviosa. Por suerte, no esperé mucho, me atendió una empleada muy agradable. En varios momentos de la entrevista me sentí como si el corazón me dejara de latir de tan alterada que estaba. La mujer empezó a pasar lista de mis papeles. Yo se los entregaba uno a uno, y ella los miraba atentamente. Cada vez que yo oía su sentencia: «¡perfecto!», lanzaba un suspiro de alivio. No recuerdo en qué momento le comenté lo de mi aventura española. Ella se interesó mucho. Mientras me escuchaba con atención, se veía muy comprensible y solidaria.

Cuando yo terminé mi historia, ella exclamó:

—¡Claro que la jubilaré!

Sin embargo, tuve un momento de mucho nerviosismo; fue cuando me di cuenta de que ella, después de terminar de revisar mi legajo de servicio, empezó a repasarlo por segunda vez. Allí estaban registrados los años, los días y las horas de mi trabajo; en fin, toda mi trayectoria laboral. Me interesé si había algún problema. Me contestó que necesitaba estudiarlo con más atención, porque le parecía que me faltaban horas.

—¡Ufffff! —exclamé—. ¡No, por favor!

Al finalizar el repaso por tercera vez, ella me confirmó que no había duda, me faltaban horas. En aquel momento me acordé de mis días extra.

—¿Es cierto que los sábados trabajados se cuentan dos por uno y los domingos tres por uno?

No sé por qué se me ocurrió aquello, se lo pregunté sin haberlo meditado. Quizás, porque en muchas ocasiones había trabajado los fines de semana.

—Sí. ¿Tiene usted horas extras?

—Claro que las tengo, y muchas.

Por suerte, recordé varias fechas.

La empleada llamó a su supervisora y las dos comprobaron que aquellos días no estaban registrados como correspondía, por eso ella no los podía detectar. Una vez confirmado ese detalle, la mujer me dijo que cumplía con todos los requisitos para recibir el regalo de la moratoria «Feliz Cumpleaños». Al recibir la certificación, las manos me temblaban de tal forma que no podía leer el texto, y me empezaron a temblar aún más cuando la empleada que me atendió con tanto interés y dedicación me extendió su mano y me felicitó:

—¡Feliz cumpleaños! Desde este preciso momento puede usted jubilarse.

También me prometió que vendría a visitarme a España.

Salí a la calle, y aquella calle gris me pareció un gran jardín lleno de flores preciosas. Tomé un taxi, no me sentía con ánimos de viajar en un bus. Al bajar frente a mi oficina, miré a la fachada y vi la cabeza de David en una de las ventanas. Tenía que subir dos pisos; al subir el primer escalón, sentí los abrazos y los besos de mi hijo, que bajó corriendo.

—Sabía que te iría bien —me dijo—, y me convencí de que tenía razón al ver tu cara de «no puedo creerlo».

Cuando entré al despacho de mi jefa, ella me preguntó, tratando de aguantar la burla:

—Entonces, ¿te jubilaron?

La miré muy sería mientras le extendía la certificación.

—He venido solo a entregarte el comprobante —dije—, y para comunicarte que me tomo el resto del día por razones particulares. Y mi hijo también. Buenos días.

Nos retiramos. Antes de salir, tuve la intención de decirle a la jefa: «A veces pueden ocurrir milagros». Pero no dije nada.

En uno de los viajes a mi país, me comentaron que mi exjefa había seguido mi ejemplo y también se había jubilado mediante la misma moratoria.