Dama de RojoEDITH AGUIRRE
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PARA SEGUIR VIVIENDO · 35 DE 45

OBSEQUIO POR EL ANIVERSARIO

Lectura a tu medida

Estoy segura de que nadie creerá lo que les voy a contar. Solo si hubiesen conocido personalmente a mi esposo, entonces dirían: «Sí, es verdad. Es más, estamos seguros de que así fue».

Ya llevábamos un año de casados. Una tarde de mucho calor me encontraba durmiendo la siesta, cuando sentí el agua salpicando mi rostro; era la costumbre de José para despertarme, pero lo hacía solo en verano. Luego de jugar un rato me dijo:

—Levántate, que vamos a salir.

—¿Puedo saber a dónde? —le pregunté.

—¡Es una sorpresa! —me respondió.

Cuando llegamos a una agencia de viajes, aún no sabía lo que iba a pasar, mas lo supe cuando escuché lo que le decía a la agente que nos atendía:

—Necesitamos dos pasajes de ida y vuelta para Argentina. Lo antes posible, por favor.

Nos vendieron los billetes con partida en una semana y salimos para la calle. José me invitó a tomar algo y fuimos a la costa. Mientras esperábamos que nos sirvieran, me contó su idea: iríamos a visitar a su familia. Entonces le comenté que tenía que renovar mi pasaporte, le faltaba poco para caducar. En el aeropuerto, al pasarlo por el control de pasaportes, el oficial me dijo que me quedaban muy pocos días y que necesitaba hacer la prorroga con urgencia.

En aquella ocasión fuimos juntos a visitar a la hermana de José. No puedo decir que mi relación con Carmen fuese muy buena. Desde el primer momento que la conocí, hacía ya un tiempo, noté algo en su persona que me hacía mantener distancia. Cuando ya vivíamos en Mar de Plata, tuve varios desacuerdos con ella, y eso me dolía mucho. Siempre ocurría por tonterías, pero para ella era algo grave. Aquello me preocupaba, pero no me sentía en peligro de tener problemas con José por su culpa, pues él siempre estaba presente en nuestras pequeñas disputas. Él mismo tuvo varias desavenencias con su hermana en múltiples ocasiones. Y no merecía aquellos malestares. Un día se sintió muy disgustado y me dijo:

—No le permitas nunca a mi hermana que tenga alguna actitud incorrecta contigo, nunca.

Pero eso ocurrió mucho más tarde. Por aquel entonces no tenía ni idea de lo que me habría de ocurrir en el futuro cercano. Así que sigo mi cuento.

Al día siguiente, José tenía que hacer un trámite y quedamos en salir temprano. Aquella gestión, dijo él, era el motivo principal del viaje. Y yo no sabía de qué se trataba. Tuve una tremenda sorpresa al entrar en una inmobiliaria. Allí nos estaba esperando un agente. Mi asombro se hizo aún mayor cuando escuché que el hombre tenía cuatro apartamentos con sus referencias preparados para mostrarnos. Miré extrañada a José, pero él se hacía el desentendido, como siempre lo hacía cuando no deseaba contestar.

Nos enseñaron las viviendas y ninguna nos gustó. Se comprometieron a enseñarnos otras durante las próximas cuarenta y ocho horas. Al salir, le pedí a José que me explicara el asunto; y entonces me dijo que, desgraciadamente, aquella escena no pudo desarrollarse de la manera concebida por él. Su plan era esperar a que me gustara alguno de los apartamentos mostrados y exclamar: «¡Feliz aniversario! Este será nuestro nido aquí, en Argentina, tu país. Es mi regalo para celebrar la fecha».

De todas formas me lo regaló, aunque no fuese el mismo día. Tuvimos que hacer muchos trámites para formalizar la compra y ocuparnos en vestir la casa. Era su costumbre decir «vestir» cuando se trataba de adquirir todo lo necesario para una vivienda nueva. Al final, se hizo necesario regresar a España para gestionar el dinero que faltaba. Mientras tanto, habían pasado muchos días y mi pasaporte quedó caducado. Se me había olvidado por completo ese asunto porque estaba muy ocupada con la compra.

En la Policía Federal de la Nación nos dijeron que me lo podían solucionar en el momento. Y José no tuvo mejor idea que fijar la fecha de salida y la gestión del pasaporte para el mismo día. El procedimiento fue rápido, porque se trataba de una renovación. Fuimos a la caja para pagarlo y recibirlo. Y cuál fue nuestra confusión, cuando, al aceptar el pago, me comunicaron que debía esperar tres días para recogerlo. Quedé paralizada. José trató de explicarle al funcionario que teníamos los pasajes para partir esa misma tarde; pero no pudo lograr nada. Entonces pidió hablar con el jefe de la oficina. Salió una mujer. Ella también fue implacable:

—Ya les han dicho cuándo tienen que pasar a buscarlo; por favor, no insistan.

Se despidió y se retiró. No se pudo hacer nada más. Yo me sentí aniquilada; no podía razonar ni actuar, solo me dejé guiar por José. Y así, con varias horas de anticipación y sin el documento de viaje, nos dirigimos al aeropuerto. No teníamos ni idea de lo que haríamos. Y yo, sinceramente, me sentía tan desesperada que no quería pensar ni opinar.