Dama de RojoEDITH AGUIRRE
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PARA SEGUIR VIVIENDO · 36 DE 45

LA PURA VERDAD

Lectura a tu medida

Llegamos al aeropuerto con la idea de José, totalmente descabellada según mi criterio, de hablar con alguien para poder irnos juntos. Las dos personas con quienes mi esposo habló fueron muy claras y precisas. Si no tenía el pasaporte válido, no podía viajar. Todavía sin tener alguna idea, nos dirigimos a una cafetería para sentarnos e inventar algo. Me fijé en que José observaba con atención a los empleados que pasaban delante de nosotros. Yo me sentía muy disgustada y pensaba en otras cosas cuando, de pronto, José se puso de pie y me dijo:

—Este chico nos va a ayudar.

Y fue a su encuentro. Estuvieron conversando un rato y después se dirigieron hacia mí. Nos saludamos. El joven se veía preocupado. Me explicó que era muy difícil solucionar nuestro problema; lo único que se podía hacer era hablar con el jefe máximo de la inmigración. Nos dijo que teníamos suerte, porque se encontraba en su puesto. En el camino hacia la oficina, el muchacho me dijo:

—Señora, los acompaño para tranquilizar a su esposo, pero no crea que se les dará alguna solución. Sin el documento válido no podrá viajar.

Le di las gracias por su atención y le dije que lo entendía perfectamente.
Al llegar a la oficina, entró. Sinceramente, no me acuerdo si tardó o salió enseguida. Al verlo dejar la oficina, lo interrogué con la mirada, pero su cara no me dijo nada. Se detuvo frente a José y comentó:

—Han tenido suerte, el señor jefe está en su puesto y lo recibirá, pero solo a usted, sin la señora.

Antes de entrar, mi esposo se puso muy nervioso, era comprensible. Noté lo mismo cuando salió. Se me acercó y dijo:

—Cariño, ahora quiere hablar contigo.

Entré en el despacho y al ver al jefe me tranquilicé; vi bondad en sus ojos. Sí, me acribilló a preguntas: cuánto hacía que éramos pareja y todas otras cosas que necesitaba saber. Las hacía una tras otra, no me dejaba pensar. Después del interrogatorio me pidió mis documentos. En aquel entonces era voluntaria y secretaria de la Cruz Roja, mi credencial se había metido entre otros papeles. Al verla, el jefe la tomó y la investigó. Y después de estudiarme unos instantes con la mirada, continuó haciéndome preguntas. Se interesó mucho por la Cruz Roja y tuve que contar sobre mis actividades en la institución. Casi al final me preguntó si tenía en mi poder algún otro documento o certificación de mi estancia en España; lo necesitaba para confirmar todo lo declarado por mí y por José. Nuevamente presenté aquel coaseguro, que ya me había servido en mi primer viaje, y fue bien aceptado. El hombre se acomodó en el asiento y comentó:

—Le autorizaré su partida porque ha sido algo muy impactante ver el amor y la desesperación de su esposo; temía dejarla sola.

Después hizo llamar a José. Nos dio la mano y me entregó el salvoconducto para salir del país. Me ordenó que al entregarlo en la ventanilla no hiciera ningún comentario, y menos si la persona que lo recibía quisiera hacer preguntas. Nadie tenía por qué saber eso.

Han transcurrido dieciocho años desde que eso pasó. Dicen que el amor lo puede todo. Y es la pura verdad, porque si no, ¿cómo pudo ocurrir aquel increíble suceso?