Ocurrió una noche calurosa, en los finales de enero del año 2006. José y yo nos encontrábamos en una cafetería frente al mar Argentino, del océano Atlántico. Recordábamos los viajes que hicimos juntos por nuestro país; José siempre llamaba así a Argentina, porque la quería mucho. Nosotros recorrimos casi todo el territorio nacional. Lo único que nos había quedado como asignatura pendiente era el Perito Moreno. No habíamos podido ir por razones del negocio de José y acordamos hacerlo en cualquier otro momento. Entonces no sabía que ese deseo nunca se cumpliría.
Sentados en la terraza del establecimiento, mi esposo y yo estábamos recordando lo divertidos que habían sido aquellos viajes en grupo. En su equipaje José solía llevar una caja con disfraces. Aparecía disfrazado ante nuestros compañeros de travesía y hacía chascos y bromas. De esa manera, el camino se hacía más alegre, con entretenimiento y muchas risas. Durante aquellas actuaciones, José les regalaba muchos objetos divertidos a los participantes del juego. Por eso la gente del grupo nos llamaba «los reyes del año». Y nos hicimos muy famosos.
Aunque se divertía mucho y hacía reír a la gente, José no perdía tiempo y siempre pensaba en su negocio, aprovechando incluso el descanso. Era muy buen vendedor. Por ejemplo, durante un viaje de recreo a Bariloche, hizo muy buenas ventas a las personas del sur, que eran miembros de nuestro grupo turístico. Así que, disfrutando de nuestra estancia en la cafetería frente al mar, le recordé aquel episodio a mi esposo, y nos reímos mucho hablando de aquellos momentos agradables.
Ya era tarde y era hora de acostarnos. Como hacía mucho calor, decidimos tomar un baño antes de ir a la cama. Al llegar al apartamento, me duché primera. Estaba por acostarme, cuando del baño salió José. Lo noté muy pálido y nervioso. Se me acercó. Me di cuenta de que le temblaban las manos, su rostro brillaba por la traspiración; no podía hablar. Inmediatamente, me puse de pie y traté de averiguar lo que pasaba. Con voz entrecortada, él me explicó que se había asustado terriblemente al ver que había tenido un golpe de sangre en su intento de orinar. Fui corriendo al baño, no sé ni cómo, pues me costaba caminar por el dolor en mi cadera, que por aquel entonces me había empezado a molestar bastante. El interior del váter estaba lleno de sangre, el piso también estaba manchado. Un escalofrió recorrió todo mi cuerpo y no sabía qué hacer. Me vestí lo más rápido posible para salir con José al hospital. Me costó convencerlo, no sé ni cómo pude. Hice el viaje con pensamientos difusos en la mente, pero cuando volví a tomar conciencia de lo que estaba pasando ya nos encontrábamos en la antesala de un hospital, y un médico de guardia estaba atendiendo a José.
Al cabo de un rato, el doctor salió y me hizo pasar. Nos dijo que al otro día, a primera hora, deberíamos estar en el hospital para hacerle unas pruebas que él solicitaba para mi esposo. En cuanto tuviéramos los resultados, deberíamos ir a verlo nuevamente. «¿Qué le ha ocurrido?», pregunté. Él no nos podía decir nada hasta que no tuviese el resultado de la ecografía.
Regresamos a casa en taxi. Al montar en el coche, José me tomó de la mano y la sentí fría. Lo miré, pero no pude articular una palabra al ver las lágrimas que humedecían su rostro, y solo lo abracé. Al llegar a casa, le ayudé a acostarse, sin comentar nada de lo ocurrido; me di cuenta de que él no tenía ganas de hablar. Nos abrazamos y así nos sorprendió la mañana, convertida en un suplicio.
Como la prueba era urgente, a las cuarenta y ocho horas pudimos recoger el resultado. Y de allí fuimos a la clínica. El consultorio estaba ubicado en el quinto piso del edificio y los ascensores no funcionaban. Los dolores en mi cadera eran ya tan fuertes que no me dejaban usar las escaleras. Me quedé esperando a José sentada en la planta baja. Pasado un tiempo, lo vi venir hacia mí; se veía agotado. Supuse que se sentía así por los cinco pisos que tuvo que subir y bajar. Descansó un ratico y me dijo sonriente:
—Solo ha sido un susto, lo resolveré con unas pastillas. Tranquila, mi amor.
En aquel momento no podía ni imaginarme que me mentía. Lo sospeché mucho más tarde, cuando ya estaba muy mal. Tomados del brazo, abandonamos el hospital. Pasamos por la farmacia y compramos los medicamentos. A los veinte días, él volvió a sus ventas, a pesar de que yo le pedí que descansara unos días más. José me explicó que tenía varios pedidos muy importantes y no podía dejar de atenderlos.
En los años que estábamos juntos nunca había visto a José enfermo. Después de ocurrir aquel incidente, yo traté de recordar algún momento de nuestra vida en común cuando se sintiera mal o se enfermara de algo. Todo fue inútil; tal vez la memoria me fallaba. Pero una noche me vino a la mente un recuerdo. Sucedió cuando ya vivíamos en Guardamar. Un día, mi esposo viajó a Barcelona para realizar una venta rápida. Un viaje corto, de tres días. No pude acompañarlo por mis problemas de salud. Pasaron cuatro días, cinco, seis… y no regresaba. Mi hijo Andrés ya tenía todo preparado para ir a buscarlo, pero lo convencí de que no lo hiciera. ¿Adónde iba a ir si no sabíamos por dónde andaba? Y cuando ya me sentía desesperada, pensando que algo le había ocurrido, regresó. Nos comentó que había tenido un problema respiratorio, por los cigarrillos. Fumaba muchísimo. Nunca logré que lo dejara. Pasado un tiempo, me enteré por Andrés que en aquella ocasión lo habían ingresado en un hospital, y que no nos contó nada por no preocuparnos. Mi hijo le habló como si hubiese sido su padre y le hizo prometer que en caso de que tuviera problemas alguna otra vez, le avisara a él, y él lo iría a buscar o se quedaría a su lado. Porque no quería volver a verme en aquel estado en que me encontraba al no tener noticias suyas durante varios días.
Hasta el día de hoy desconozco por qué estuvo ingresado en Barcelona. ¿Habrían sido los primeros síntomas de su enfermedad? ¿O contaba la verdad? Creo que ya nunca lo sabré. José se llevó consigo ese secreto.
