Dama de RojoEDITH AGUIRRE
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PARA SEGUIR VIVIENDO · 40 DE 45

SUS ÚLTIMAS PALABRAS

Lectura a tu medida

Ya hacía tres años que vivíamos en Argentina, en nuestro piso. Corrían los primeros días de septiembre de 2007.

En aquellos días, a nuestra casa inesperadamente llegó David desde Mendoza, donde vivía con su familia. Me sorprendió su visita. Me comentó que fue el papis que le escribió, pidiéndole que viniera. Le contaba que se sentía mal y no quería que yo estuviera sola; creía que a mí me vendría bien tener el apoyo de alguien cercano. En cuanto hubo llegado, mi hijo nos invitó a pasar unos días en su casa, en Mendoza. Y me extrañó que, a pesar de su estado de salud, mi esposo lo aceptara con entusiasmo.

Y así, sin esperar más, nos fuimos a Mendoza. Y casi inmediatamente José empeoró. Su piel había adquirido un tono cetrino; no comía bien y adelgazaba. Ya no quería participar en las reuniones familiares. Pedía disculpas y se retiraba para acostarse. Una mañana salió con David; no me invitaron a que los acompañara. Eso me llamó la atención. Regresaron después del mediodía. Solo me contaron que fueron a la consulta de un doctor, oncólogo, y que este le había ordenado un régimen de alimentación. Consideré aquello como una falta de atención, tomando en cuenta el mal estado de José; cada día se ponía peor. Pero ninguno de los dos quiso hablar sobre la consulta.

Aparte de la enfermedad de mi esposo, tenía otra preocupación. Se había hecho evidente que no regresaríamos a casa de inmediato, porque José no podía viajar en el estado en que se encontraba. Había que decidir qué hacer con nuestro piso en Mar de Plata. No podía mantenerlo desocupado, así que opté por alquilarlo y quedarme todo el tiempo que fuese necesario en Mendoza, con mi esposo enfermo y mi hijo.

Al observar a José, que se quedaba mucho tiempo en cama, sin ganas ni voluntad para nada, me sentía nerviosa y muy preocupada. Una mañana su malestar aumentó. Me despertó muy alterado, lo que me extrañó, ya que siempre había sido muy amable y cariñoso. Al verlo tan mal, decidimos llevarlo al hospital. Lo dejaron ingresado y tuvieron que aplicarle unas plasmas. Estuvo allí durante tres días nada más. Nos aconsejaron llevarlo a casa.

El día 12 de noviembre, mi nuera, su mamá y sus hermanos se reunieron en casa por el motivo de mi cumpleaños. José se levantó, a pesar de que yo le había pedido que no lo hiciera. No había pasado ni siquiera una hora, que él me pidió que lo acompañase a la habitación. Cuando le ayudaba a acostarse, sentí sus manos muy frías, y me asusté al notar su palidez.

Con cada día se notaba más su mal estado, perdía el peso muy rápido. Su carácter ya no era tan jovial como antes, pero su ternura era la de siempre. Había perdido el apetito, no toleraba más de dos bocados. Al principio, yo insistía en que comiera, mas su médico nos dijo que no lo forzáramos, pero sí deberíamos darle líquido.

Me costaba mucho observar cómo iba decayendo, pero delante de él simulaba mi disgusto con gran esfuerzo. No quería que él me viese nerviosa. Muchas veces me escondía para llorar y descargar así mi gran dolor.

Un día José me tomó las manos y las acarició. Después me besó y me dijo casi murmurando:

—Perdón, mi amor, mi muñeca, tengo que partir…

No quería que hablara de esas cosas y quise interrumpirlo, pero me hizo callar y siguió diciendo que le daba mucha pena dejarme después de esperarme tanto tiempo. Me pidió que nunca dijera que él había muerto, sino que había dejado este mundo. Y que no llorara, porque siempre le había sido difícil verme con lágrimas. Que mejor recordara todos los momentos que habíamos pasado juntos, que eran maravillosos. En ese momento detuvo su charla y dijo con una sonrisa muy débil:

—Lógicamente, algunos no lo fueron, pero nuestras reconciliaciones eran únicas. Gracias por tu amor, respeto y abnegación, con ellos lograste cambiar mi soledad y mitigar mi dolor. Me regalaste dos hijos tuyos, y aprendí a quererlos como si fueran míos. También disfruté de dos hermosas nietas, algo que ni siquiera había soñado tener. Me entregaron su amor como a un abuelo de sangre, y todo gracias a ti. ¿Sabes por qué? ¡Porque tú eres amor!

Me emocionaron mucho sus palabras; lo abracé y estuve un rato así, muy pegada a él, durante un largo rato.

Al ver como día a día a José iba empeorando, me sentía muy mal. Mis familiares y amigos me decían palabras de aliento y me daban consejos. Que tuviese fe, que pronto él mejoraría. Pero a cada instante él se ponía peor.

Quizás por desesperación, por no saber qué actitud tomar, la memoria me llevó al clarividente Esteban, mi entrañable amigo de la red. En el transcurso de los años de nuestra amistad, él me había ayudado en varias ocasiones, y cuando no podía hacerlo me hacía recomendaciones. En aquella oportunidad le escribí un mensaje donde explicaba el estado de mi esposo. Al pasar un par de horas, recibí su respuesta. Todavía tengo guardado aquel correo, lo aprendí de memoria por haberlo leído tantas veces. Y decía esto:

Sí que te prometí que en algún momento te explicaría el porqué de mi consejo de que aceptaras a José. Te dije que con él serías muy feliz, y también te aconsejé que disfrutaras de esa felicidad minuto a minuto. José es un ángel que Dios te envió para cambiar tu vida y la de tus hijos, por lo mucho que habéis sufrido. Ya él cumplió su misión y debe retornar. Nada se puede hacer, déjalo partir. Y no llores, por favor, al verte desconsolada José sufriría mucho…

Aquella aclaración me partió el corazón, pero me ayudó a aceptar lo inevitable.

Así, llenos de tristeza, pasaban los últimos días de su enfermedad. José estaba en cama todo el día; solo mi hijo lo levantaba para ducharlo. Una noche lo noté muy nervioso, no quería separarse de mí ni por un momento. A la mañana siguiente me levanté sin hacer ningún ruido y logré no despertarlo; tanto él como yo dormíamos muy poco. Tenía ganas de ducharme, pues hacía mucho calor. Estaba bajo el chorro de agua, cuando escuché que me llamaba a gritos. Terminé lo más rápido que pude; iba saliendo del cuarto de baño, cuando lo vi venir hacia mí. Me abrazó llorando como un niño y, sollozando, me dijo:

—Creí que te habías ido. ¡No me dejes, por favor! No puedo quedarme solo.

Tuve que llamar a Sebastián, el hermano de mi nuera que me ayudaba con José, y nos costó mucho esfuerzo tranquilizarlo y llevarlo a la cama. Ese fue el último día que estuvo en pie, no se levantó más. Desde ese momento, yo hacía cuenta de que tenía un bebé. Me pasaba el día sentada en su lecho y lo tenía en mis brazos. Me pedía que le recordara nuestros paseos, nuestras alegrías, las veces que se había extraviado; no tenía buen sentido de orientación. En fin, todo lo que vivimos juntos en nuestros diez años. Las últimas dos noches ya no pudo dormir por los dolores, que eran muy fuertes. Trataba de no quejarse, pero se notaba que sufría mucho. El 16 de noviembre me despertó y me pidió que lo abrazara. Lo tomé en mis brazos como si fuese un bebé. Me dijo que quería pedirme algo. Me imaginé que él quería que le trajese algo. Me levanté para hacerlo. Entonces, con voz trémula, me dijo:

—No, por favor, no me dejes, solo quiero que me escuches. —Y continuó—: Cariño, tengo que partir, estoy muy agotado.

Sentí algo raro en el pecho, como si mi corazón dejara de latir; tanto dolor me produjo sus palabras. Lo abracé nuevamente, besé sus labios, su rostro. Y él tan solo exclamó:

—¡Mi amor, déjame terminar, porque luego ya no podré hacerlo!

Las lágrimas me corrían por las mejillas, a pesar de que hacía gran esfuerzo para contenerlas.

—Por favor, no llores —siguió el—, recuerda los momentos felices que vivimos. Y pon atención a lo que te voy a decir. Es muy importante.

—Sí, mi amor —contesté, besándolo nuevamente.

—Debes tener a alguien a tu lado. No quiero que te quedes sola, y menos, triste. Prométeme que no esperarás mucho tras mi muerte. Por favor, aun cuando solo hayan transcurrido un par de meses, si conoces a alguien que te guste, no escuches a nadie y acepta una nueva vida al lado de esa persona. No estás hecha para la soledad. ¿Lo harás? Pues yo te estaré mirando, incluso después de que no esté.

Aquellas fueron sus últimas palabras, acompañadas con un beso, que tan solo fue un leve roce de sus labios fríos. Llamamos a urgencias, vino una ambulancia y se lo llevó…

David se fue con él, y yo fui con Sebastián. Al llegar al hospital, nos dirigimos hacia el pabellón de urgencias, y por el camino nos cruzamos con una camilla que llevaba un cuerpo cubierto con una sábana. Me quedé observando la camilla hasta que entró en la morgue. Quise averiguar dónde se encontraba José, pero en aquel momento apareció una ambulancia que salía del hospital. En ella iba el mismo médico que se había llevado a José. Cuando el doctor me vio, hizo detener el vehículo y salió. Se dirigió hacia mí, tomó mis manos y muy despacio, con palabras entrecortadas, me dijo:

—Me han llamado la atención.

—¿Por qué, doctor? —le pregunté, extrañada.

—Es que no debía haber traído a su esposo aquí; cuando salimos ya estaba sin vida.

En aquel instante me sentí perdida, no comprendía lo que me estaba diciendo. Pero de nuevo en mi mente surgió la camilla, y entonces me di cuenta de que era José quien estaba encima de ella. No sé qué pasó después, no lo recuerdo; o es que no quiero recordarlo…

Tampoco recuerdo cómo llegamos a la sala de un velatorio, ni en qué momento lo hicimos, pero allí nos encontrábamos los tres: yo, mi hijo David y él, nuestro papis, en el ataúd. Al acercarme, vi que sus ojos me miraban, y recordé inmediatamente sus palabras: «Te seguiré mirando, incluso después de que no esté».

Aquello fue muy raro. Normalmente, los difuntos suelen tener los ojos cerrados. Pregunté si podían hacer algo para bajar los párpados, pero me contestaron que ya no era posible, porque había pasado mucho tiempo con los ojos abiertos.

Al llegar la madrugada, todos me aconsejaron que fuese a descansar, pero no lograron convencerme. Estuve toda la noche al lado de mi esposo. ¿Cómo iba a dejarlo, si aquella era la última oportunidad de tenerlo a mi lado? Lo que no pude hacer fue acompañarlo cuando se lo llevaron al depósito, de donde, a las pocas horas, lo trasladaron al crematorio.

Siempre esperaba el mes de noviembre con alegría, por ser el mes de mi cumpleaños; pero el destino quiso que se convirtiera en el más triste, porque en este mes me dejó mi querido esposo.