Treinta días que mi querido esposo ya no estaba a mi lado. No sabía qué hacer con mi vida, nada me llamaba la atención. Me sentía vacía sin su presencia, sin su voz. Agradecía a mi hijo por estar junto a mí: había solicitado unos días de permiso en su trabajo para no dejarme sola.
Una tarde, tomando unos mates, le pregunté sobre aquel doctor oncólogo que atendió a José. A mi criterio, lo hizo muy mal, y comenté que aquello me extrañaba mucho. Recordaba que lo habían recomendado como muy buen médico. David se me acercó y me abrazó.
—Viejita —me dijo, mirándome con tristeza—, le hice un juramento al papis, me lo había exigido. No podía decirte la verdad de lo mal que estaba. Él no quería que tú sufrieras y me pidió que no te dijese nada. No puedes ni imaginarte lo que ha sido para mí callar sobre algo tan serio. Siempre nos hemos contado las cosas, por más terribles que fuesen. ¿Pero cómo iba a decirle que no podía ocultarte nada? Así que se lo prometí y tuve que cumplirlo. Sin embargo, creo que ahora, que él ya no está, debes saber toda la verdad. Ya no puedo callar.
Oía asombrada a mi hijo, mientras él me contaba lo que había pasado en realidad durante aquellos meses. Me contó que cuando fueron a la consulta, la que mencioné, el doctor los hizo pasar juntos. A David le había dado la impresión de que José quería evitarlo, pero no pudo. Ya dentro, empezó a hacerle preguntas al médico y hablar de cosas muy raras, que David no se imaginaba que habría de escuchar, como, por ejemplo, las reacciones después de hacer una quimioterapia: el malestar, los vómitos, la caída del pelo… Hasta que el doctor lo interrumpió y le preguntó si era médico. José, con mucha ironía, le contestó que era internauta y prefería estar informado. A lo que el doctor le respondió que mejor no lo hiciera. No todos los casos eran iguales. Se escribía sobre el cáncer en general, pero cada enfermedad tenía su propio curso.
Yo escuchaba incrédula a mi hijo y pensaba: «¿cómo pudo soportarlo todo solo, sin decirme una palabra?».
—Te aseguro, viejita, que si el papis fue al médico fue porque yo le había conseguido aquella cita. No quería ir. Escuchó las explicaciones del doctor y recibió las recetas y las remisiones para hacer pruebas. Después nos despedimos y salimos. Lo tomé del brazo para bajar la escalera, que era muy larga; le costaba bajar, se agitaba. Ya abajo, se paró y mirándome a los ojos me ordenó con voz muy grave:
—A mamá de esto, ni una palabra. Júramelo que nada le dirás. No quiero que sufra, no quiero que me vea mal. No merece sufrir más. No me haré nada de lo que el médico me ha indicado, nada. Así será más corta la agonía, por lo menos para ella. Quiero que me recuerde tal y como era cuando nos conocimos. No quiero que vea mi despojos. Hijo, si de verdad me quieres, lo tienes que hacer. Le diremos que solo necesito un régimen de comida y algún medicamento para completar.
David me dijo que lo único que él pudo hacer fue abrazarlo muy fuerte y prometerle que no me diría nada. Que se quedara tranquilo.
Durante el regreso a casa, José le habló de sus planes futuros. Le explicó que, a pesar de que él sabía que yo amaba a España, decidió comprarme un apartamento en Argentina, por si quería quedarme en mi propio país después de su partida. O bien, si decidiera vivir en España, podría adquirir un piso a mi gusto. Así podría irse tranquilo, porque sabía que donde quiera que me quedara estaría con alguno de mis hijos. Eso era lo más importante, que no anduviese por el mundo sola.
Esto fue lo que me contó mi hijo. Resulta que José lo había programado todo, sabía de su mal desde hacía mucho tiempo, desde el día que tuvo el flujo de sangre, cuando fue al baño. ¡Pobrecillo, cómo debía de haber sufrido!
El timbre del teléfono me sacó de mis recuerdos. Escuché una voz preguntando si era el domicilio del señor José Franco. Luego de reponerme, le contesté que sí. Me informaban que al otro día, a las ocho horas, mi esposo debía presentase en el instituto para iniciar…
No pude escuchar, solo conté lo ocurrido y colgué.
¿Tanto fue tu amor que te ofuscó y no sabías lo que hacías? ¿O fue tu temor a esa maldita enfermedad? Nunca llegaré a saberlo. Solo sé que te amé y que no te puedo olvidar, porque te sigo amando…
