Dama de RojoEDITH AGUIRRE
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PARA SEGUIR VIVIENDO · 41 DE 45

ASUNTOS DE FAMILIA

Lectura a tu medida

Intento recordar qué hice después de separarme definitivamente del cuerpo de mi esposo, cuando se lo llevaron al crematorio, y no puedo hacerlo. Lo único que recuerdo es la promesa del empleado que dentro de dos días se nos entregaría el cofre con las cenizas.

Del brazo fuerte de mi hijo David me encaminé hacia el coche. El regreso lo hicimos en silencio. Al llegar a la casa de mi amiga Lily, donde vivíamos en aquel momento, sentí deseos de salir corriendo no sé adónde. Pero al mirar a David recordé que él debería estar peor que yo. En aquellos días precisamente se había separado de su esposa, que se había quedado con la hijita de ambos. Mi hijo estaba solo, desorientado, sin casa y sin saber qué hacer con su vida. Y, como si fuera poco, con tanto dolor tuvo que sufrir otro: la pérdida del papis.

Nos abrazamos muy fuertemente, sin palabras. Si mi dolor no tenía límite, peor estaba mi pobre hijo. En aquel estado en que se encontraba, seguramente me necesitaba mucho, y yo no podía dejarlo sin mi apoyo. Traté de salir del trance emocional y lo abracé de nuevo.

—Caro —le dije—, dame unos cuantos días. Cuando terminemos con lo de José, buscaremos un apartamento para alquilar y me quedaré contigo.
Solo me dijo:

—¡Gracias, viejita!

La desgracia nunca viene sola. En aquellos tristes días tuve otros disgustos, como si hubiese sido poco con lo que ya teníamos. Tras la partida de José viví dos situaciones muy desagradables con mi cuñada Carmen. Entonces recordé lo que José me había sugerido años atrás, y más porque él ya no estaba a mi lado para protegerme. Después del segundo incidente rompí mi relación con ella, pero antes de hacerlo hablé con sus hijos y les expliqué el porqué de mi actitud. Si actué así, fue por respeto a ellos, eran y son buenas personas. Lo hice de esa manera por el recuerdo de su tío, quien fue un auténtico caballero y no merecía desaires semejantes.