En el siguiente mensaje que recibí, José me explicaba que se enamoró de mí por mi forma de ser y por mis escritos tan entrañables. Creía que ya llegó el momento de conocernos personalmente. Me recordó el sueño que yo tenía durante toda mi vida, el de conocer España. ¿Quería hacerlo realidad? Me invitó hacer el viaje a su país en las vacaciones. No necesitaba pensar en nada, solo decir que aceptaba. Me mostraría todo y yo conocería los campos y las grandes ciudades. Sería nuestra primera luna de miel.
Me quedé tan impresionada con lo que él me decía que tuve que hacer una pausa en la lectura. Respiré hondo unas cuantas veces y seguí leyendo:
Entiendo que te sorprendo al pedirte que seas mi esposa. ¿Cómo puedo hacerlo si no te conozco personalmente y ni siquiera he visto tu foto? Ahora te lo explico todo. Comparto un secreto con tus hijos; mejor dicho, con Andrés. No puedo seguir ocultándolo, aunque le he dado mi palabra de no decirte nada sobre el asunto. Hace días él me envió a escondidas una fotografía tuya camuflada. Te lo explico. Aquella foto, donde estás tú con David el día de su graduación, la combinó con una mía, de las que te había enviado. ¿Sabes cómo lo hizo? Cambió la cabeza de su hermano por la mía. Realizó un montaje perfecto, así que ahora estamos en ella tú y yo. Te la enviaré para que la veas. Como también te digo: ¿no te has preguntado cómo pude llamarte por teléfono? Si, lo que has pensado, me lo pasó tu hijo.
Aquella confesión me provocó una risa y no pude enfadarme.
Después me dijo que el gesto de Andrés era tan original y oportuno que nunca lo olvidaría. Además, mi hijo lo hizo todo solo, sin siquiera haberlo prevenido; fue una gran sorpresa. También quería decirme que, según su criterio, la actitud de Andrés me otorgó más puntos extra como madre. Pudo ver lo bien que había educado a mis hijos y lo mucho que ellos me querían.
Habían pasado varios días, pero yo no le contestaba nada sobre la invitación. Y cada vez que me preguntaba sobre el viaje, yo evitaba responderle, desviando el tema. Mis familiares habían logrado atemorizarme con sus comentarios negativos. ¿Cómo podía aceptar algo así de un extraño, sin saber nada acerca de su persona? Todo eso me hizo pensar mucho. ¿Y si me dejaba tirada en la calle? ¿Qué haría yo en un país extraño? Con el idioma no tendría problema, era el mismo. Pero al estar tan lejos me sentiría sola y desorientada.
Mis hijos, sin embargo, estaban contentos y entusiasmados con la invitación; me daban valor y seguridad. Pero no podía decidirme. Puede ser que en mis mensajes dejé entrever a José mi temor o mis pocos deseos de viajar. No hubo ningún comentario más de su parte, como tampoco de la mía.
